Skip to content

El arte de la lucha según Wong Kar-wai

enero 7, 2014

(Publicado en Eldiario.es)

The grandmaster, el biopic sobre el hombre que entrenó a Bruce Lee, es la respuesta en clave realista del cineasta hongkonés a las películas de artes marciales modernas

Fotograma de 'The grandmaster', de Wong Kar-wai

Fotograma de ‘The grandmaster’, de Wong Kar-wai

El cine de artes marciales es el equivalente al western para los occidentales; un contenedor genérico que sirve de excusa para abordar cuestiones tanto mundanas como metafísicas, un irresistible caramelo que todos quieren saborear al menos una vez en su carrera. El hongkonés Wong Kar-wai encontró en la figura de Ip Man, maestro de Wing Chun -la más conocida de las artes marciales chinas- y mentor de Bruce Lee, la percha ideal para abordar el género.

Hace más de una década que expresó por primera vez su deseo de llevar a la gran pantalla su vida y enseñanzas. Desde entonces, Ip Man ha aparecido en varios biopics ficcionados, con los rasgos de Donnie Yen en las ocasiones más afortunadas y casi siempre al frente de vehículos de propaganda gubernamental nada encubierta. Relativamente desconocido para el espectador occidental, su figura se ha prestado a todo tipo de licencias históricas que le han convertido en una suerte de superhéroe chino que exorciza con sus puños dolorosas derrotas pasadas a manos del enemigo colonizador.

Wong Kar-wai no factura aquí un biopic convencional del personaje con agitado drama histórico de fondo, sino que engarza los elementos más relevantes de su biografía con los momentos clave de la China del siglo XX. En el arco que aborda la película, de 1936 a 1956, tiene lugar la Guerra Civil en el país, la segunda guerra China Japonesa, los primeros años de la República Popular y el éxodo final a Hong-Kong, que cierra un bonito círculo en la filmografía de Wong-Kar Wai. The grandmaster ejerce de precuela de todas aquellas películas del cineasta que se desarrollan en el Hong-Kong de los años 60, fortalecido en todos los órdenes por la generación de inmigrantes que levantaron los cimientos que hoy día sostienen la región.

Filósofos de la lucha

Pese a la stendhaliana belleza de sus combates coreografiados, The Grandmaster no es un muestrario hueco de ultra-estilizadas peleas de Kung-fu, sino una reflexión honda sobre la filosofía y disciplina inherentes a las artes marciales. Buena parte de culpa la tiene el guionista y director Haofeng Xu, que ha colaborado en el guión de la película. Firmemente convencido de que las artes marciales son un elemento fundamental de la herencia cultural del país, Haofeng Xu ha revolucionado el género en los últimos años, apostando por la abstracción y el mininalismo en detrimento de la acción pura y dura.

Bastante más inmune a las luchas contra otros rivales que al inexorable paso del tiempo y los altibajos vitales, el atildado y burgués Ip Man de Wong Kar-wai crece en un entorno afortunado, pero acaba por perderlo todo, excepto su insobornable compromiso con las artes marciales. Experimenta los tres estadios inherentes al dominio de las mismas, condensados en la cita “mírate a ti mismo, mira el mundo, mira la humanidad”. La dualidad entre la obligación autoimpuesta de transmitir a las generaciones venideras lo que se aprendió de los maestros y la renuncia a perpetuar la tradición por intereses egoístas es uno de los conceptos filosóficos que vertebra la película de Wong-Kar Wai, aquí disfrazado de una de esas historias de amores imposibles a las que el director es tan aficionado.

Ip Man recoge el testigo del gran maestro Gong Yutian, que en su ceremonia de retiro acaricia la idea de unir las escuelas de artes marciales del norte y sur del país. La muerte de Gong a manos de un traidor convertirá a su hija, Gong Er, en la única heredera de su técnica de combate, que se negará a transmitir por su obsesión destructora con vengar el asesinato de su padre. Gong Er e Ip Man, consumidos por una pasión aniquiladora que nunca han llegado a consumar -si exceptuamos la sexualizada y magistral batalla entre ambos-, se reencontrarán ya en los años 50. La primera se ha abandonado a los placeres opiáceos y ha olvidado la técnica de lucha de sus ancestros.

Mientras, Ip Man ha abierto una pequeña escuela de artes marciales en Hong-Kong para que no se pierda su legado. El imposible amor entre ambos opera como metáfora de las irreconciliables diferencias socioculturales entre el Norte y el Sur de China, pero también de las diferencias en las técnicas de lucha empleadas, lo que condena al fracaso el anhelo de unificación de Gong Yutian. No debe extrañar pues, como señala David Bordwell, que Ip Man se haya convertido con el paso del tiempo en símbolo alegórico de la unión de las dos Chinas. “Kung fu: dos caracteres. Uno horizontal, uno vertical. Aquellos que están equivocados caen. Solo el que queda de pie está en lo cierto. ¿No es cierto?”, le escuchamos decir en los primeros minutos de The Grandmaster.

Además de las devastadoras consecuencias de un amor no vivido -una licencia histórica que el director se saca de la manga- y el uso de imágenes documentales intercaladas, Wong Kar-wai retoma en The Grandmaster uno de sus motivos predilectos: el peso de la nostalgia que sepulta un presente accesorio. Este concepto de tiempo desestructurado se traduce en pantalla en una estructura narrativa fragmentada, salpicada de constantes elipsis y continuos saltos atrás y adelante en el tiempo, pero también con un distinto montaje y ritmo en función de la importancia que cada uno de los tres protagonistas principales de la cinta -además de los citados, un personaje llamado Razor, que aparece brevemente y encarna el aspecto más sanguinario de las artes marciales- tenga en ese momento en la narración.

El paso/peso del tiempo sobre los personajes en varias etapas de su vida es un guiño declarado a Érase una vez en América, una de las cintas en las que Sergio Leone jugó magistralmente con un uso valorativo de los silencios heredado de los grandes cineastas asiáticos, junto con el concepto de no linealidad del tiempo. Es otro de los círculos que Wong Kar-wai cierra en su último título.

Wong Kar-Wai y los amores reñidos

Wong Kar-Wai y los amores reñidos


A gusto del distribuidor

The Grandmaster ha conocido varias versiones internacionales, siempre en función de la potencial sintonía de los espectadores con este concepto casi onírico del tempo narrativo. La cinta que se estrenó en China y Hong-Kong, la más completa, alcanza los 130 minutos de metraje. Hay una segunda versión internacional, que se llevó a la Berlinale y que se estrena este viernes en España, de 123 minutos. La más ligera de todas es la que se estrenó en Estados Unidos el pasado año: 108 minutos centrados en la relación entre Ip Man y Gong Er y narrados de forma lineal. Los cambios, consentidos expresamente por el cineasta, han generado furibundas críticas, como sucede cada vez que los hermanos Weinstein adelgazan una película para hacerla más accesible al espectador norteamericano. Cada una de estas versiones cuenta con secuencias exclusivas, lo que hace soñar con un futura versión redux que no esté secuestrada creativamente por los imperativos comerciales de la distribución.

Ashes of time (1994), su primera incursión en el cine de artes marciales, ya presentaba una estructura esquiva y fragmentada. Levemente basada en la novela de Louis Cha La leyenda de los héroes cóndor, esta revisión del género conocido como wuxia pian vestida con ropajes de superproducción también reflexionaba sobre los efectos del paso del tiempo en los personajes. Pero ahí se acaban las similitudes entre ambas cintas. The Grandmaster carece de ese regusto pulp de Ashes of time. Más bien es un homenaje confeso -sobre todo en su primera hora de metraje- a esos miles de producciones de los Shaw Brothers de los 70 que contribuyeron a internacionalizar las artes marciales, solo que con un mayor peso del trasfondo histórico y un mayor realismo de los combates.

Aquí no hay desafíos a la ley de la gravedad ni vuelos entre copas de árboles, como en Tigre y dragón (Ang Lee, 2000) o La casa de las dagas voladoras (Zhang Yimou, 2004). La violencia de la lucha se refleja en pequeños detalles, como un suelo de madera que se resquebraja o un clavo a punto de salirse de la madera por la contundencia de un golpe. La crudeza hipnótica y brutal de los combates dejaron el cuerpo de Zhang Ziyi maltrecho y llevaron a Tony Leung varias veces al hospital por agotamiento, un par de brazos rotos y una bronquitis aguda tras rodar durante treinta interminables días la expresionista batalla bajo una cortina de lluvia que abre The Grandmaster. Tampoco hay presencia del CGI, si exceptuamos un leve retoque digital en la salvaje secuencia de venganza de Gong Er.

Toda una novedad para el veterano coreógrafo de las escenas de acción, un Yuen Woo Ping que trabajó con los hermanos Shaw en los 70 y que ha dejado huella en blockbusters occidentales de los últimos años, como el díptico Kill Bill de Tarantino o la Trilogía Matrix de los hermanos Wachowski. Esta pretensión de verismo se corresponde con un montaje que obedece al ritmo de la técnica Wing Chun. Si In the mood for love tenía poco más de 500 planos, The Grandmaster tiene, en la versión asiática, más de 2500 planos, con una media de duración de 3 o 4 segundos por plano, lo que explica los 22 largos meses de rodaje de una fascinante película que está a la altura de las mejores obras del director.

Entrevista en La abadía de Berzano a cuenta de ‘La década de oro del cine de terror español’

enero 9, 2013

En La abadía de berzano, uno de mis blogs de referencia, me hicieron una entrevista muy cariñosa cuando salió mi libro ‘La década de oro del cine de terror español‘. Esta es una de las partes de la charla, aunque puedes leer la entrevista completa en este enlace:

“La primera parte del libro se centra en repasar la historia del cine fantástico en España, prestando una especial atención a las causas industriales, legislativas y sociopolíticas que propiciaron su implantación como género dentro de nuestro cine a finales de los sesenta. La inclusión de esta especie de introducción, por así decirlo, ¿responde al compromiso de poner en antecedentes al lector menos familiarizado con el tema a tratar o, por el contrario, es una forma de hacer hincapié en la óptica que manejas a la hora de desarrollar su contenido, desmarcándote así de lo recogido por ensayos previos, en los que se pasaba más por encima estos asuntos que, sin embargo, marcarían los rasgos definitorios del cine de terror español?

Una mezcla de ambas cosas. La accidentada historia del terror español está muy bien documentada ya en libros anteriores, y no hace ni tres  años que Àngel Sala publicó Profanando el sueño de los muertos, en el que hacía un exhaustivo recorrido cronológico del género en España. Es una de las patas que más limé a la hora de transformar la tesis en libro, porque mi obsesión era que no resultara redundante. Tal y como ha quedado, espero que al experto no le moleste demasiado y al neófito le sirva de pequeña guía de introducción. Es cierto que se han quedado muchos títulos fuera de este breve recorrido, pero preferí abundar en las circunstancias sociopolíticas en que salieron a la luz para tratar de explicar y explicarme las razones de 70 años de ausencia de un género tan importante en nuestra cinematografía.

También consideré que a determinados aspectos, y cito por ejemplo las consecuencias del caso Matesa en la industria cinematográfica y su papel indirecto en la eclosión del género en España, o la política de las coproducciones, no se le había dado demasiada importancia hasta la fecha, y el enfoque del libro me permitía investigar sobre los mismos”.

Portada del libro 'La década de oro del cine de terror español'

Portada del libro ‘La década de oro del cine de terror español’

Entrevista a Dolores

febrero 13, 2012

El tormento y el éxtasis

La opera prima de Dolores, “Disco póstumo” (Origami Records), es pop de intensidad malsana iluminado a base de claroscuros. Un disco homogéneo a pesar de sus puntuales escapadas kraut; seco y directo, pero trabajado con tesón de artesano. Parece que jugaran al despiste, pero es que Dolores se encuentran cómodos explorando los contrastes. “Yo siempre he defendido el trabajo en casa, con tranquilidad y tiempo, que te da más oportunidades de componer algo más elaborado melódicamente. En el local de ensayo siempre te va a salir algo más rabioso”, apunta Juan Rodríguez, creador de la mayoría de unas canciones que se benefician de un reparto de tareas ejemImagenplar: “Teresa se encarga de las letras, melodías de voz e imagen gráfica. Pablo Costa adapta las canciones al directo y Tahiche Guillén produce. Tenemos muy claro lo que nos gusta”. El interesante apartado lírico de Dolores, otro de sus puntos a favor, remite a la tradición mítica española y su cargamento de llagas y tormentos. “No todo se reduce a imaginería religiosa”, matiza Teresa, “pero me parece interesante cómo afloran sentimientos como la culpa y el pudor en una sociedad desprovista presuntamente de sentimientos religiosos. Se trata de una reflexión sobre la fe enfocada desde distintos ángulos”. Uno diría que se encuentran más cerca del simbolismo hermético de San Juan de la Cruz que de los referentes musicales con los que les han asociado apresuradamente. “Yo no me siento nada identificada con el sonido ochentero y la onda siniestra con la que a veces nos relacionan”. Seguramente por eso el aspecto visual de Dolores  contiene abundantes humorísticos guiños desmitificadores. “Jugamos con la paradoja. Estamos hablando de una cosa muy seria y puñetera, pero le metemos esos detalles de color. También en el sentido musical nos dicen que somos oscuros, pero luminosos. No somos almas atormentadas. Ni nos sale ni queremos dar esa imagen”, apunta Juan, antes que Pablo zanje el asunto: “En 2011, etiquetas como la de ‘maldito’ están más que anticuadas”. Y es que, en el fondo, a la banda le hubiera gustado prolongar el misterio que acompañó sus primeros pasos, como reconoce Juan: “Personalmente hubiera preferido ni siquiera salir en las fotos para preservar la música tal cual, pero es algo imposible en esta era de la sobreinformación”.

Publicado en el número de enero de 2012 de Mondosonoro

Postales desde el extrarradio

febrero 6, 2012

Tras haber recogido los parabienes de jurado y público en el Festival Beefeater In-Edit 2010, Daniel Arasanz y Jaime Gonzalo presentan en DVD “Venid a las cloacas”, el formidable documental sobre la desventurada trayectoria de La banda trapera del río

La guadinesca historia de La banda trapera del río no fue bonita. Rezuma heroína y muerte, chatarra y orgullo curriqui, bilis juvenil y resentimiento de clase. Por eso, pese a su reconocimiento tardío, el documental que aborda la trayectoria de los de Cornellá no celebra nada. “Venid a las cloacas” es un fresco de miseria y cinismo en el que el decadente entorno de extrarradio en el que creció la banda tiene tanta importancia como su música. “Queríamos reflejar un mundo que ya no existe, diametralmente opuesto a la Barcelona que ahora conocemos y que determinó el carácter y circunstancias del grupo”, explica Jaime Gonzalo, guionista del documental y autor del libro en el que se basa, “Escupidos de la boca de Dios”. Por eso, la edición en DVD (a cargo de Inedit Master Series y Cameo) incluye 70 minutos de extras en los que se abunda en el contexto que marcó a fuego el carácter libre y espontáneo de la banda. “Eran genuinos.  Partiendo de cero y de su instinto, crearon letras y acordes y forjaron su presencia escénica. No tenían las más mínima idea de lo que se cocía fuera. Ese es su gran valor”, explica Gonzalo. La banda trapera del río han sido los grandes olvidados de la historia de la música en España, pero el documental matiza su carácter maldito. “Cuando querían, tenían disciplina, pero en el fondo actuaban de manera muy poco profesional. Se buscaron ellos mismos los problemas, porque tuvieron muchas oportunidades, pero su carácter volátil y su lucha de egos les incapacitaron para encontrar un frente común”. Pero “Venid a las cloacas” no carga las tintas en el componente trágico, a pesar de esa maldición trapera que se llevó por delante a tantos miembros. “Hablamos de una tragicomedia, o una tragedia tapada. Es el tipo de vida que eligieron. Todos ellos dirían que ha merecido la pena, con lo cual no hace falta decir mucho más”, concluye Daniel Arasanz, director del documental.

Publicado en el número de enero de 2012 de Mondosonoro

Entrevista a Corcobado

noviembre 23, 2011

El cantar de los cantares

 

Vestido con frac de crooner y mecido por la nostalgia, Corcobado revisita algunos de sus particulares clásicos imperecederos

De pequeño, Javier Corcobado ya quería ser crooner, una faceta que ha ido insinuando a lo largo de su dilatada discografía y que exploró a fondo en “A nadie” su anterior trabajo. “Luna que se quiebra sobre la tiniebla de mi soledad” (Pias, 2011) supone, en cierta manera, el paso lógico y natural. “Nunca me he preocupado de cantar muy bien. Las palabas siempre primaron sobre la ejecución vocal. En este disco de versiones he aprendido a cantar mejor”. La génesis de este proyecto nace, nada más y nada menos, del empeño de Corcobado de medirse con las canciones y autores que le han fascinado desde que tiene uso de razón. Un disco placentero para cantar y tocar, confiesa, a pesar de los quebraderos de cabeza al adaptar la enorme orquestación de canciones como “The world we knew”, popularizada por Sinatra, con una banda de cinco aguérridos músicos. “Hay quien sin embargo quiere tener discos en directo, que a mí me espeluznan. Ya hice dos volúmenes de boleros en los años 90, en el que casi todo eran versiones. También ha sido una manera de tener una continuidad con la banda y poder llevar este material a los escenarios. En el momento que estoy de expresión artística sobre las tablas, creo que este disco va como el anillo a dedo”.

Es esta una ecléctica selección que nuestro hombre abre con una sedosa versión de “The shadow of your smile” y remata llevando un paso más allá la psicodelia de la alucinada “Losing touch with my mind”, de Spacemen 3, cubriendo un extenso arco temporal que elude los últimos cinco lustros de música popular. “No me he planteado las épocas. Me he basado en el efecto que me producían las canciones y la belleza que pudieran arrastrar consigo. Es cierto que a partir de los 90 la música popular empieza a decaer en cuestión de composición. Se empieza a llenar de prejuicios y se hacen muchas revisiones y refritos”. Lo que no quiere decir necesariamente que no se dispusiese de suficiente fondo de armario. “Podía haber hecho un disco de 200 versiones fácilmente. He dejado fuera unas cuantas que incluso ya estaban ensayadas o en proceso de arreglos, como “Ansiedad” de Nat King Cole, hecha con vasos, como los músicos callejeros de la Europa del Este. También ha quedado fuera “Ain’t Got No/I Got Life”, de Nina Simone, pero quedaba demasiado rock, tratamiento al que no quería acercarme con este disco. Tampoco he querido usar nada electrónico ni samples”.

Y es que a la hora de vestir a sus santos, Corcobado se ha mantenido fiel al material original, cediendo únicamente a la tentación de la deconstrucción en ese homenaje a la Velvet Underground que se encuentra al final de “El rey”. “Me apetecía ser bastante respetuoso con las canciones, a pesar de que, por ejemplo, “Carioca” tenga saxos en la onda no-wave. Eso incluía atenerme al idioma de las letras. Las canciones de cantantes extranjeros de los 60 y los 70 como Adamo y Matt Monro, que tenían acentos exóticos, me fascinaban”.
Publicado en el número de noviembre de 2011 de Mondosonoro

Entrevista a Antonna

noviembre 13, 2011

 Memorias del subsuelo

Antonna mantiene intacta su fecunda y sardónica imaginería lírica, pero en esta ocasión la recubre de un armazón electrónico que sienta como anillo al dedo a sus nuevos temas

Manu Sánchez tiene la sana costumbre de no tomarse muy en serio. Al menos, lo suficiente para que no le importe que el personal tienda a fijarse en sus melodías y desvaríos líricos antes que en las texturas sonoras. En “Grandes males, remedios regulares” (Gramaciones Grabofónicas, 2011), sin embargo, el fondo reluce tanto o más que las formas.  En algunas de nuevas canciones hay un acercamiento a la electrónica más descacharrada, que se traduce en guiños a Kraftwerk y Suicide, una versión de “A-68” de Hidrogenesse en la que troca el Vocoder por la voz Ariadna de Los Punsetes y el aroma a los Magnetic Fields del “Get Lost” que desprende el pegajoso single “Arruino todo lo que encuentro”. “Ahora estoy grabando con un ordenador, con un abanico de opciones loquísimo, y se me ha ido la olla a Camboya. También quería que “Grandes males, remedios regulares” sonara muy variado, y han acabado saliendo cosas que yo no sé si son tan electrónicas, pero van por ahí.  Al final, el resultado depende de los medios de los que dispones a la hora de hacer las canciones. Este ha sido siempre el espíritu de Antonna y lo sigue siendo”, reconoce. Un espíritu que pasa por entender el proceso de composición como algo completamente lúdico, anárquico y sin complejos. Y sin embargo, algo ha cambiado. “En este disco he trabajado menos los estribillos y más las estructuras. Muchas veces he empezado a arreglar una canción antes de tenerla terminada, que es algo que no había hecho nunca. Al trabajar así, te vas encontrando cosas por el camino y la estructura de la canción cambia. Si los discos suenan cada vez mejor es porque voy aprendiendo mientras trabajo. Si sigo en esta progresión, acabaré convirtiéndome en Quincy jones” (risas). En el tercer advenimiento de Antonna, a un rap chanante a cargo de Garbanzo le sucede sin pudor una muralla de guitarras superpuestas a lo Johnny Marr; consecuencia más o menos directa de la lectura de la polémica biografía “Los Smiths. La alianza rota”. Eso sí, prohibidos por decreto-ley los temas de más de cinco minutos y el pajilleo instrumental. “No me gustan mucho las canciones largas. Una vez que tienes estrofa, estribillo, ritmo y un puente, lo demás es trabajo de albañil, para el que no valgo porque me da pereza. No me parece una virtud hacer un disco largo, pero hacerlo corto no supone un problema. ¿Los discos largos molan? Pues no especialmente. En “London Calling” de The Clash todas las canciones son buenas, pero no me hubiese importado  que fueran dos discos cortos”.

En “Grandes males, remedios regulares”, volvemos a encontrar el brutal humor marca de la casa, mezcla de greguería, escatología y dadaísmo, que mezcla por igual el metalenguaje castizo de Jardiel Poncela y el descaro del Gainsbourg más Gainsbarre. “Adoro los contrastes brutales en las letras. La primera idea que se me ocurre para una canción ha de ser fuerte, impactante. Luego intento que la letra no tenga un sabor muy claro. Ha de incorporar matices o detalles inquietantes”. Vale, pero entre hilarantes cantos a la misantropía militante, desastres futboleros y los recuerdos chungos de viajes, en canciones como “Caramelos con droga” se cuela alguna reflexión que congela la risa. “Para mí tiene un sentido político la canción, desde luego. Hay un cabreo frente a una situación, aunque no buscara una idea concreta.  Eso es lo más político que me puedo poner. No es un proceso consciente para mí escribir una canción. Intento no concentrarme mucho en una idea y que la cabeza trabaje sola. Tampoco podría escribir una canción de amor, porque tener una intención previa que esté clara va en contra de mi forma de componer. A Nacho Vegas le sale bien cualquier tipo de letra. A mí no” ¿Y cómo se esquiva la tentación de la autoindulgencia cuando no se tiene al resto de Punsetes para dictar purgas stalinistas con tanto material compuesto? “Cuando empecé a hacer en este disco la premisa era hacer lo que me saliera de los huevos, pero en mayo quería que me pegaran un tiro, porque cuando estás tan metido en algo tiendes a perderte. Al final, he tirado más canciones de las que he metido. A Cristina Plaza (Los Eterno) la tengo frita ya de enviarles canciones malísimas. Ahora estoy muy contento, porque estoy haciendo canciones punsetiles y estoy liberado de responsabilidad”, confiesa.

Publicado en Mondosonoro

Entrevista a Fernando Alfaro

junio 3, 2011

Los placeres y los días

 

 “La vida es extraña y rara” es una colección de accidentes vitales rodados en plano secuencia que comenzó a filmarse sin apenas guión y se ha acabado convirtiendo en uno de los mejores trabajos de la carrera de Fernando Alfaro

 

“Nos inventamos rutinas para ordenar la vida, pero en realidad el mundo es caótico”, explica Fernando Alfaro para condensar su accidentado periplo durante los últimos cuatro años, pero también el contenido de su último disco, “La vida es extraña y rara” (Marxophone), inspirado en hechos reales y el contrasentido de la vida. “El hecho de que el disco comience precisamente con un tema como “Extintor de infiernos” obedece precisamente a esa sensación de torbellino que se busca ya desde la portada, con ese personaje que no sabes si está cayendo al vacío o siendo abducido hacia el cielo. Si estuviésemos ante el guión de una película taquillera, lo lógico sería poner el tema al final para buscar el golpe de efecto, pero lo cierto es que fue una de las primeras canciones que compuse”.

Durante algún tiempo, sencillamente, ni siquiera hubo guión. Las canciones que tenían que haber dado continuación inmediata a su disco con Los alienistas, “Carnevisión”, se quedaron a medio grabar por diversas circunstancias y de momento duermen el sueño de los justos. “Ni siquiera sabía si iba a terminar grabando un disco. Simplemente me venían las canciones, algunas de las cuales compuse sin ni siquiera tener una guitarra, teclado o secuenciador al lado. Tan sólo con melodías vocales. Es un disco creado desde la más absoluta y radical libertad. Si una de ellas tenía que durar siete minutos o incluir varios cambios de estructura, se hacía”.

Este carácter ingobernable de las canciones llevó a Alfaro a buscar un lenguaje musical diferente al de trabajos anteriores, macerado en cientos de horas de conversación con Raúl Refree y aliñado con un par de brazos rotos, que han retrasado el lanzamiento del disco pero han permitido que esté trabajado a conciencia. “El propio carácter de las canciones se impuso a la producción.  Eso determinó que el plano de voz fuera más alto y las letras resultaran más claras, en el sentido de nítidas. En esta ocasión no quería coproducir siquiera el disco y me he dejado llevar, aparcando el ego a un lado. Eso nos ha permitido tanto arriesgar como subrayar los estilos. Hay quien me ha dicho, y estoy de acuerdo, que esa mezcla entre guitarras saturadas y acústicas de canciones como “Hijo de perra” le recuerda mucho a la Luz en tus entrañas, el primer disco de Surfin´bichos, aunque no se parezcan en cuanto a producción”.

En “La vida es extraña y rara” conviven baladas a lo Phil Spector con píldoras de punk-rock, dulces atmósferas al piano y vientos aberrantes. Y sin embargo, se trata del trabajo más pop que haya grabado Fernando Alfaro. “Para mí lo más importante son las canciones y las de “Carnevisión” me pedían una especie de continuidad de los discos que había grabado con Kaki Arkarazo. Esta vez no ha sido así. Si el anterior disco era más descriptivo, “La vida es extraña y rara” es más introspectivo y confesional, como en su día lo fue “Los diarios de petróleo” que grabé con Chucho. Por eso, musicalmente también tenía que suponer un paso adelante”.

“La vida es extraña y rara” es un tratado de claroscuros emocionales plagado de fantasmas y epifanías, confusión y ceguera de amor, tormentas galopantes y sol brillante.  Pura y buscada contradicción, como certifica “Gol psicológico”, una historia de amor loco que acaba transformándose en un pavoroso cuento de terror. Una obra vitalista, que no luminosa.  “El mero hecho de haber publicado este disco ya es un acto de optimismo puro, y no sólo por la situación general, que también. Hacer canciones es un acto positivo siempre, por muy doloroso que sea lo que estás cantando.  El momento de sacarlas fuera es un acto de rebeldía”, rubrica un relajado Alfaro que bromea con sus nuevas y buenas sensaciones, “como dicen los futbolistas” y a estas alturas de jugada ya está de vuelta de los tópicos manidos y vacíos de contenido que alguno le sigue adjudicando. “Cuando me dicen eso de artista maldito contesto: ‘¡Maldito tú!’ (risas) ¿Es una putada que te llamen maldito, ¿no?”. 

Publicado en el número de junio de 2011 de Mondosonoro

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.