Skip to content

Clive Barker, el demonio que jugó a ser Dios

marzo 6, 2010

Stephen King dijo de él que representaba el futuro del horror, fascinado tras leer uno de sus primeros volúmenes de relatos, Cuentos de sangre. Han pasado ya 25 años, y el británico Clive Barker es  uno de los nombres de referencia del terror contemporáneo, con una obra que trasciende campos (apenas hay disciplina artística con la que no se haya atrevido), porque todos se le quedan cortos para plasmar la imágenes que pasan por su mente, un lugar en el que uno no se atrevería a quedarse demasiado.

Otro de los grandes maestros del horror moderno, Ramsey Campbell, dijo de él que escribía en tecnicolor, aunque con tonalidades bastante macabras, cabría añadir. Barker es un enemigo declarado del terror sugerido. El espanto que no se muestra en su plenitud no cuenta. Lo que importa es que el lector lo visualice de manera tan gráfica que no se pueda imaginar nada. A diferencia del prolijo estilo de King, al británico le gusta ir al grano. De sus inicios como escritor y director de obras de teatro underground extrajo una de sus máximas: si en los cinco primeros minutos no consigues enganchar al espectador, estás muerto. Y eso lo consigue dando la vuelta a tópicos establecidos sobre la muerte o el sexo, celebrando la perversidad como antídoto contra la banalidad diaria, con una libertad que en su opinión sólo proporciona el género del terror.

Jirones de fotograma

En Sitges le concedieron un galardón por su labor cinematográfica. Barker atisbó bien pronto las posibilidades del celuloide para trasladar al espectador los horrores metafísicos de su obra literaria. Ya durante su juventud rodó los perturbadores cortos  Salomé (1973) y The forbidden (1978), mudos y en blanco y negro. Su filmografía como director de largometrajes es corta, pero en las tres cintas que ha firmado hasta la fecha, siempre sobre la base de sus propios relatos, se encuentran presentes algunas de sus obsesiones más recurrentes. En Razas de noche (1990) jugó a subvertir los esquemas del cine de terror clásico, según los cuales el monstruo que amenaza el orden establecido debe ser eliminado para volver a la normalidad. Para Barker la monstruosidad no puede destruirse. Sólo cabe, en el mejor de los casos, asimilarla, porque proviene de lo más profundo de la propia naturaleza humana. Como en gran parte de su obra, el protagonista es un personaje desorientado que se enfrenta a lo extraordinario; un perdedor acosado por pesadillas pobladas por los monstruosos seres de la ciudad de Midian, que en realidad tratan de iluminarle: la verdadera depravación y bestialidad proviene de las filas de la misma raza humana.

Fox decidió eliminar el metraje más truculento a última hora, y vendió la película como si se tratase de un slasher más. No fue la única vez. A Barker se le ha despachado en cientos de ocasiones como un mero apóstol del gore. Él prefiere considerarse como un artista del exceso, a quien le gusta llevar personajes y situaciones más allá del límite de lo soportable. Y es que, en su opinión, conceptos como película autorizada para mayores de 13 años suponen una contradicción en los términos.

Hellraiser (1987) es, sin duda, su película más completa, y también la más perturbadora. En ella está bien patente su atracción por la imaginería del sadomasoquismo, pero también por las posibilidades de reconfiguración de la carne (en una onda no muy lejana a los parámetros del primer David Cronenberg), ambas plasmadas en el aspecto físico de los Cenobitas, habitantes de un mundo infernal dispuestos a brindar los mayores placeres (en forma de dolores innombrables) a quienes sean capaces de resolver el rompecabezas de la Caja de Lemarchand, puzle que es a su vez una puerta interdimensional. La fuerza de Hellraiser no sólo reside en la estética de Pinhead (líder de los Cenobitas en la película e icono del cine de terror) y sus acólitos, mutilados y perforados a conciencia por piercings, alfileres y demás artilugios de metal; asombra la desoladora ambigüedad moral que destila el guión y la fortaleza de los personajes femeninos, una respuesta a la naturaleza fálica y misógina de los slashers de la época. Mucho más desapercibida pasó El señor de las ilusiones (1995), en la que Barker quisó unir su fascinación por las tramas de cine negro con los tonos fantásticos que han ido invadiendo su obra literaria en detrimento del horror más puro. El británico, que es mejor narrador y creador de atmósferas que director, acabó desencantado tanto con el resultado final de la cinta (la distribuidora adelgazó el metraje) como con el rumbo que estaba tomando el género, cada vez más despojado de elementos sobrenaturales y entregado a los desfiles de miembros amputados de sagas como Hostel o Saw.

Los horrores futuros

Puede que Barker se tomara un descanso de las cámaras, pero su material literario se ha seguido llevando a celuloide sin descanso. Unas veces con mejor fortuna, como la primera entrega de Candyman (Bernard Rose, 1992) o la reciente El vagón de la muerte (Ryuhei Kitamura, 2008) pero en la mayoría de las ocasiones traicionado la letra y el espíritu de los originales. Su hastío con la deriva que ha tomado la saga Hellraiser (ocho películas, las últimas directas al mercado de vídeo doméstico) le ha devuelto las ganas de adaptar su obra a la gran pantalla en las condiciones que se merece. El remake de su obra cumbre, que contaba con su bendición, se encuentra en un peligroso punto muerto (el director Pascal Laugier se ha apeado del nuevo Hellraiser, como antes lo hicieron Alexandre Bustillo y Julien Maury). Para compensar el disgusto de sus seguidores, en 2011 llegará Tortured Souls: Animae Damnatae, una película basada en la pequeña novela que acompañaba a primera serie de figuras Tortured souls, diseñadas por el propio Barker y Todd McFarlane, y muy poco apta para estómagos sensibles. Al tiempo se esperan nuevas noticias de un guión para un thriller juvenil en el que un grupo de adolescentes despierta de su letargo al fantasma de Edgar Allan Poe.

El hombre-orquesta

Barker también se ha acercado en los últimos años a disciplinas como el cómic o los videojuegos, que considera formas de arte joven que aún admiten riesgos. Supervisó la de comics Razorline en el seno de la Marvel en 1993, con cuatro títulos que transcurrían en una dimensión alternativa, pero que acabaron cancelándose al poco tiempo, tras los graves problemas financieros que sufrió la editorial a principios de los 90. Mejor suerte han corrido sus incursiones en el campo de los videojuegos. Hace dos años se lanzó Clive Barcher´s Jericho, un título en primera persona, programado por el equipo español MercurySteam, cuyos escenarios sobrenaturales son marca de la casa y que conocerá secuela. Le precedió en 2001 Clive Barker´s Undying, un juego en el que él mismo  supervisó el argumento y puso voz a uno de los personajes. ¿Demasiado trabajo para una sola mente? Nah, “es complicado jugar a ser dios, pero alguien tiene que hacerlo”.

Publicado en lainformacion.com

Anuncios
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: