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Los Planetas, leyendas de la orquesta química

octubre 14, 2008

De viaje

super8“No recuerdo ningún debut tan bruto en el seno de una multinacional”, recuerda Fino Oyonarte (bajista de Los Enemigos, productor de Super 8 y ahora en Clovis junto a Cristina Plaza). Super 8 (1994) es hijo de su tiempo. Sus guitarras supuran distorsión, la voz de J (motor de la banda junto al guitarrista Florent) resulta ininteligible por momentos y por aquí y allá aparecen notables influencias de Joy division, Spacemen 3 y My Bloody Valentine. La superficie de Super 8 era árida y rocosa, pero si tenías la paciencia de darle más de una escucha, descubrías melodías y estribillos que no se recordaban desde los tiempos de Mamá. Será por sus arrebatos de desencanto juvenil (“qué puedo hacer si no puedo hacer nada para acabar con algo que no acaba”), por himnos tan contagiosos como Qué puedo hacer o De viaje, cantados en un castellano que no se estilaba en aquellos años de eclosión indie, o por esa icónica portada de Javier Aramburu (responsable del diseño gráfico de la banda hasta hace poco), pero Super 8 es uno de los discos que mejor representa sentirse vivo, joven y jodido.

Ondas del espacio exterior

pop“Así que algo importante está a punto de ocurrir. Despiértame un poco antes, tal vez me pueda divertir”. Nuevas sensaciones, Qué puedo hacer o Mi hermana pequeña habían convertido a J y Florent (únicos miembros que se mantienen en la formación desde el inicio del grupo) en portavoces generacionales, muy a su pesar. La discográfica RCA, con la conviven desde hace quince años en un constante tira y afloja, quiso explotar y forzar esta baza comercial en Pop (1996), pero la jugada le salió un poco rana. Sí, es cierto que el segundo disco de Los Planetas, producido en Nueva York por Kurt Raskle, está plagado de indiscutibles hits (Himno generacional #83, David y Claudia, José y yo o Punk), presenta un sonido algo más limpio y una mayor voluntad por hacerse entender, pero un disco que comienza con las líneas “Piensas que me entiendes pero no sabes nada sobre mí” no puede ser nunca carne de radiofórmula. Ellos, mientras, se divertían hablando de felaciones y viajes lisérgicos y anticipaban el futuro sonido del grupo en temas lánguidos como Aeropuerto.

Un mundo de gente incompleta

unasemana“Casi pienso que no tengo fuerzas para hacerlo y encontrar dentro de mí algo nuevo”. Se acabó la fiesta. La gestación y gira de Pop había convertido a Los Planetas en una nave a la deriva doliente y desorientada. La base rítmica (May y el batería Raúl Santos) había desertado y Florent languidecía en un paraiso toxicósmico. A la fuerza, las nuevas canciones tenían que brotar desencantadas y amargas, hasta el punto de que RCA tuvo parado durante meses el proyecto. Por fortuna, Florent y J, apoyados por Erik Jiménez (antes y después en Lagartija Nick), el bajista escocés Kieran Stephen y Banin Fraile a los teclados, saben sacar pecho en situaciones adversas. En Una semana en el motor de un autobús ya no hay efervescentes himnos juveniles, sino odas al fracaso (Segundo premio) y los celos (la preciosa La playa), manuales de autoayuda nihilista (Desaparecer) y lamentos yonkis (Línea 1). Este trabajo conceptual, que narra el descenso a los infiernos de un personaje que, tras sufrir un fracaso sentimental, se engancha al rencor y a las drogas hasta que finalmente encuentra la redención, es la banda sonora de una generación jodida y confundida. Musicalmente también es su obra más compleja hasta la fecha. A pesar de repetir producciones con Raskle, sus partituras comienzan a poblarse de matices y arreglos, dando como resultado canciones tan emotivas y devastadoras como La Copa de Europa. Diez años después de su publicación, el tercer disco de Los Planetas ya se ha convertido en un clásico.

Prueba esto

orquesta“Si estás aquí es que estás de mi parte, así que no esperes encontrarte una salida fácil. Vas a tener que pelear”. En 1999 Los Planetas ya habían alcanzado esa condición de banda de culto que lleva a sus seguidores a rastrearse mercadillos de ocasión y el Soulseek de turno en busca de rarezas. Para ponerles las cosas fáciles, y aprovechar el tirón de Una semana en el motor de un autobús, Canciones para una orquesta química agrupa todas las caras A y B de los singles y Eps publicados entre 1993 y 1999. A falta de sus primerizas versiones de The Sea Urchins o Syd Barrett, aquí los encontramos reencarnados en Nick Drake (Cielo del norte), mofándose de Ramón Trecet y la vida tranquila (La verdadera historia) o dando rienda suelta a su vertiente más psicodélica (Manchas solares). De regalo, las cuatro canciones de su reciente EP, ¡Dios existe! El rollo mesiánico de Los Planetas, que se beneficia de la pegada de Erik en la batería (Prueba esto) y bebe de los Cure más densos (Mejor que muerto).

Vas a verme por la tele

unidadde“Me acerco a donde estás con fruta que jamás habías probado y dices que tus gustos han cambiado”. Si su anterior disco les había servido para exorcizar demonios personales y darle un corte de mangas a todo y a todos, Unidad de desplazamiento (2000) muestra a una banda que ya ha encontrado su lugar en el mundo. “El sonido del grupo cambia, ahora es más sofisticado, gracias en parte a que la banda se construye su propio estudio (El refugio antiaereo). Las letras también tienen otra perspectiva”, señala Antonio Arias, líder de los también granadinos Lagartija Nick y amigo personal de Los Planetas. No pierden su intuición melódica, pero sus canciones se hacen narcóticas y atmosféricas. Santos que yo te pinte y Flotando sobre loscos son piezas densas y marmoreas cocinadas a fuego lento, aunque sigue habiendo sitio para composiciones tan limpias como Un buen día, un single de pop pluscuamperfecto cuya letra de realismo sucio (“Y no he vuelto a pensar en ti hasta que he llegado a casa, y ya no he podido dormir como siempre me pasa”) se ha convertido en el padrenuestro de la mayoría de sus seguidores.

Mil millones de veces

encuentreosco“Así que deja que termine lo que he empezado, aparta tus manos de lo único que sé hacer”. Sebas Puente, guitarrista y vocalista de Tatchenko, asegura que por arriesgado o irregular que resulte un disco de Los Planetas “siempre va a haber un par de hits inapelables”. Encuentros con entidades (2002) no es la excepción. El quinto disco de estudio de Los Planetas contiene, además de una de sus canciones más memorables, Corrientes circulares en el tiempo (un delicado medio tiempo que nunca acaba de estallar) un ya clásico artefacto de terrorismo sonoro y rencor sentimental que es capaz de salvarle la noche a cualquier DJ coñazo: Pesadilla en el parque de atracciones. Sin ser un mal disco (todavía no les ha llegado el turno), por momentos parece el hermano menor de Unidad de desplazamiento, del que hereda las constantes sonoras aunque titubee la chispa. Probablemente ningún fan de la banda ponga Encuentros con entidades entre su top 3 planetero.

Y además es imposible

contralaley“Y tendrás que hacerte a la idea de que lo nuestro no se acaba”. A Los Planetas les gusta jugar a la contra. En 2004 hicieron frente a los rumores de cambio de discográfica, estancamiento creativo e incluso ruptura con su obra más polémica y poliédrica. Contra la ley de la gravedad se ganó algunas críticas tibias y desconcertó a sus seguidores más integristas, aunque el paso del tiempo ha demostrado que se trataba de un necesario punto de inflexión y reflexión para tomar impulso de nuevo. La orquesta química redujo la potencia de la apisonadora sónica para probar con el krautrock marcial (la instrumental Cumplimentando compromisos contractuales) y estrechar la mano de Brian Wilson en dos melódicas y minimalistas piezas al piano (Sale el sol y Deberes y privilegios). El último corte, una arrebatadora versión de Podría volver (escrita por Juan Gabriel e inmortalizada por Bambino), ya anticipa la futura búsqueda en las raíces del grupo.

Tendrá que haber un camino

leyendadel“Y a mí qué coño me importa lo que diga esa gente, si tú lo sabes de sobra. Déjalos que hablen si quieren, que venga el tiempo y ponga las cosas donde tienen que estar”. Por primera vez, Los Planetas habían roto la dinámica de publicar un disco cada dos años. En 2006 se publicaba el debut de Grupo de expertos solynieve, el grupo paralelo de J en el que, acompañado de Manuel Ferrón, se dedica a reivindicar la herencia y carácter sureños. Con ese cálido sonido de canciones como Claro y meridiano había mucha curiosidad por saber cómo iban a sonar Los Planetas al año siguiente con su anunciado disco de flamenco.

La leyenda del espacio es una obra que recibe orgullosa la herencia del Omega, el disco que aunó guitarras rock y flamenco de la mano de Lagartija Nick y Enrique Morente, pero lo lleva un paso más allá, adaptando estructuras, letras y melodías tradicionales a los densos desarrollos sonoros del grupo. La banda recrea palos como los fandangos (Ya no me asomo a la reja), soleares (Negras las intenciones) o granaínas (La que vive en la carrera), y aunque no haya palmas ni guitarras flamencas, el disco rezuma orgullo andaluz y respeto por el folclore tradicional. Una descomunal reinvención, que muy pocos esperaban y que incluso ha convencido a los que se habían apeado hace años del carro planetero.

Publicado en ADN.es

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