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Cuando Hollywood era una mafia

julio 4, 2008

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“Toda la gente del cine quiere codearse con los matones. Son como una especie de joya preciada con la que lucirte en una fiesta”. Lo decía el gánster de Brooklyn Henry Hill (al que interpretó Ray Liotta en Uno de los nuestros de Martin Scorsese) y lo refleja Tim Adler en Hollywood y la mafia (ediciones Robinbook), una obra que analiza las claves de la relación entre la meca del cine y los gánsteres italoamericanos.

Entre 1901 y 1903 más de un millón de sicilianos emigraron a Estados Unidos, aproximadamente la cuarta parte de la población de la isla. A finales de los 20, la mafia ya estaba perfectamente asentada en el territorio, y quería su parte del enorme pastel de Hollywood.

Al Capone, líder de la mafia de Chicago, visitó Hollywood por primera vez en 1927 y pronto se aficionó a presenciar rodajes. Howard  Hawks, director de Scarface, invitó al capo a ver los copiones de la película, y éste le regaló una pequeña metralleta de recuerdo.

Pero no fue Capone, sino sus herederos, los que trazaron un plan durante los años 30 para obtener a través de la extorsión a la industria una cantidad de 1,5 millones dólares al año (unos 20 millones de dólares de hoy día). Su intención era la de hacerse con el control de Hollywood a medio plazo. La mafia blanqueaba dinero a través de la industria del cine, y los grandes magnates obtenían financiación ilegal para sus películas, al tiempo que presumían, dejándose ver en todo tipo de fiestas públicas, de sus contactos con el mundo del hampa

Amistades peligrosas

Mientras los magnates de Hollywood presumían de amistades delictivas, los intérpretes se dividían entre la atracción por el mito del gánster y el miedo cerval a las amenazas de la mafia. Actores como George Raft (famoso por sus papeles de mafioso durante la década de los 30) se sintieron fascinados por el modus operandi del hampa. “Creo que son los tíos más grandes del mundo”, le contó raft a su biógrafo: “Estos colegas, Bugsy Siegel, Costello, Adonis, Luciano y Madden, eran dioses para mí. Todos ellos tenían Cadillacs de 16 cilindros y, como dijo alguien, cuando hay dinero cerca lo mejor es ir a por él”.

En otras ocasiones, la relación fue bastante menos amable. James Cagney y su mujer recibieron durante meses amenazas. La mafia estuvo a punto de destruir la carrera de Sammy Davis Jr., después de que éste tuviese una aventura con la actriz Kim Novak, de quien andaba enamorado Harry Cohn, capo de Columbia Pictures. Mucho más recientemente Julius R. Nasso, relacionado con la familia Gambino, fue encarcelado por tratar de extorsionar al duro Steven Seagal con un mínimo de 150.000 dólares por película.

Ángeles con caras sucias y trajes caros

En los últimos años de la década de los 20 y gran parte de los 30 del siglo pasado llegaron a la cartelera americana decenas de producciones protagonizadas por gánsteres. James Cagney (El enemigo público, 1931), Paul Muni (Scarface, 1932) o Humphrey Bogart (Ángeles con caras sucias, 1938), con sus impecables trajes de raya diplomática planchados al milímetro, idealizaban la imagen del mafioso, aunque en la vida real la mayoría de los matones apenas sabían leer o escribir. Como cuenta Adler, los gánsteres cambiaron su vestimenta y forma de hablar a raíz del impacto de estas películas.

Unos años más tarde, cuando se estrenó El padrino (1972), los mafiosos se empezaron a llamar padrinos unos a otros (en realidad el autor de la novela en que se basa la película, Mario Puzo, se inventó el término) y recuperaron costumbres tan caídas en desuso como besar el anillo del don.

Sinatra y los maletines sospechosos

Javier Márquez señala en Rat Pack. Viviendo a su manera (Editorial Almuzara) que si se trabajaba en el mundo del espectáculo en los 40 o 50, “no había otra alternativa que trabajar con la mafia”. Dean Martin o Frank Sinatra, miembros del Rat Pack, crecieron entre individuos del hampa y mantuvieron el contacto con ellos durante gran parte de su carrera.

Martin tenía amigos tan poco recomendables como Skinny D’Amato, el jefe de Atlantic City. Sinatra llegó aún más lejos. Según Márquez, la mafia ayudó a Sinatra en su carrera desde la década de 1930, cuando estaba empezando como cantante en una big band, hasta los años 60, cuando estaba en la cumbre de su carrera. Durante años se habló de sus trabajos para el hampa, para la que llegó a hacer de correo transportando grandes maletines repletos de dinero. El cantante Eddie Fisher afirmó en una ocasión que el actor y cantante italoamericano le reconoció que prefería ser un don de la mafia antes que presidente de los Estados Unidos.

De Hollywood al porno

A principios de los 70, la mafia neoyorkina había perdido capacidad de influencia en Hollywood, así que se dedicó a financiar la floreciente industria del porno. El gánster Louis Peraino produjo Garganta profunda, un guión protagonizado por una mujer (Linda Lovelace), cuyo clítoris estaba en el esófago. Peraino se negaba a que Lovelace fuese la actriz principal, aunque el novio y manager de la actriz, Chuck Traynor, obligó a la joven a practicar felaciones al mafioso durante cada día hasta que finalmente se hizo con el papel.

Como se cuenta en The Other Hollywood: The Uncensored Oral History of the Porn Film Industry, que se publicará en España a partir de septiembre, la película fue un éxito absoluto. Con un coste de 22.000 dólares, acabó generando 600 millones de dólares en todo el mundo y convirtió a Lovelace en un icono erótico, aunque la experiencia por la que pasó fue humillante. La malograda actriz aseguró en 1986 a la Comisión Meese, encargada de investigar la pornografía, que tuvo una pistola apuntándole a la cabeza durante todo el rodaje.

Canto de cisne con voz de soprano

Era el principio del fin. Veinte años más tarde, la mafia italoamericana ya era una parodia de sí misma, y su capacidad de influencia en Hollywood, mínima. Como bien reflejó la serie Los Soprano a finales de los 90, los mafiosos se dedicaban a traficar con tarjetas de teléfono falsas o vender airbags usados para coches.

El jefe de la mafia de Nueva Jersey, Tony Soprano, no hacía ya ofertas envenenadas a la industria del cine que no se pudieran rechazar, sino que se lamentaba ante su psiquiatra de la pérdida de valores o la llegada de la mafia rusa. Y es que, para un gánster a la vieja usanza, Hollywood se ha vuelto un lugar demasiado inhóspito.

Publicado en ADN.es

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