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Nicole Kidman y Freddy Krueger buscan casa

abril 18, 2008
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freddyBob Shaye es el último romántico de Hollywood, el heredero de una estirpe de productores más preocupada por asegurar el entretenimiento de los espectadores que por conseguir astronómicos resultados de taquilla. Shaye fue el responsable de New Line, la compañía que mejor supo representar el genuino espíritu del cine independiente durante los 80 y 90, y cuya plantilla se ha visto reducida en un 90% esta semana tras su absorción por Warner Bros.

Hace algo más de cuarenta años, Shaye era un enamorado de la Nouvelle Vague afanado por dar a conocer a los circuitos universitarios Sympathy for the devil, el documental de Godard sobre los Rolling Stones y la contracultura. Los estudiantes de la época también pudieron disfrutar gracias al creador de New Line Reefer Madness, una catastrofista película de los años 30 en contra de la marihuana que solían ver justo antes de perderse en efluvios cannábicos.

En 1970 Shaye se topó con otro estupendo demente, John Waters, que le convenció para financiar sus delirantes ideas. Entre otras delicias, New Line produjo Pink Flamingos, una película que hacía de la repulsión y la escatología un arte y que se convirtió en un título de culto instantáneo.

La casa del terror

Piensa en los grandes héroes del cine de terror de los 80, como Jason Voorhees, de la saga de Viernes 13, el Ash de la trilogía infernal de Sam Raimi o Leatherface y su motosierra. Todos ellos militaron alguna vez en New Line, que se convirtió en la auténtica casa del terror de bajo presupuesto en los 80, regentada por un Freddy Krueger que se convirtió en la bandera de la compañía. La compañía llegó a hacer realidad uno de los sueños húmedos de todo fan de terror, juntar a Freddy y Jason en una película dirigida por el mortal Ronny Yu.

New Line Cinema era un cajón desastre en el que convivieron infames adaptaciones de videojuegos, como Street fighter o Mortal kombat, con concesiones al cine de autor. Robert Altman rodó Vidas cruzadas bajo el paraguas de la compañía, y su discípulo más adelantado, Paul Thomas Anderson, también aprovechó el criterio ecléctico de los directivos de New Line para sacar adelante Boogie Nights.

Los resultados comerciales no siempre acompañaban la visión suicida del negocio del cine de Shaye, pero a última hora siempre se le aparecía un Ángel de la Guarda que respaldaba sus idease. A mediados de los 90, New Line perdió cerca de 100 millones de dólares en un trimestre por culpa de títulos como la nueva versión de La isla del doctor Moreau. Tuvo que aparecer Mike Myers y sacarse de la manga una versión erotico-festiva de James Bond, Austin Powers, para salvar los muebles.

Hace cuatro años, la Academia de Hollywood otorgaba a la última entrega de El señor de los anillos, El retorno del rey la friolera de 11 Oscars. Crítica y público alabaron por igual la saga basada en el material de Tolkien. Sin embargo, unos cuantos años Peter Jackson tuvo que peregrinar de estudio en estudio hasta que encontró a alguien lo suficientemente loco para gastarse 300 millones de dólares en tres películas filmadas de una tacada en Nueva Zelanda.

La misma falta de visión que llevó a Shaye a aprobar una película tan espantosa como Dragones y mazmorras le hizo confiar a ciegas en Peter Jackson. La trilogía del anillo supuso para la compañía el ingreso en la liga de los grandes.

La caída del Imperio Bizarro

El rey retornó, pero no la buena estrella de Shaye, que sufrió una infección que le llevó a estar seis semanas en coma en verano de 2005. Empezaba la caída del imperio bizarro. A New Line se le acabaron las ideas (la compañía gastó millones de dólares en el desarrollo de una imposible película sobre un tiburón prehistórico) y florecieron las disputas con algunos de sus directores, como Brett Ratner, director de la saga Hora punta . Por si fuera poco, el proyecto de adaptación de El hobbit se quedó atascado durante años.

Cuarenta años después de su fundación, New Line decidía autoinmolarse a lo grande, con la misma desmesura que caracterizó a su breve trayectoria. La tragedia se consumó en dos partes. Shaye se emperró en sacar adelante Mimzy, más allá de la imaginación, una obra de ciencia-ficción floja y cursi para público infantil que sólo recaudó 26 millones de dólares en todo el mundo.

Lo peor estaba por llegar. New Line se hizo con los derechos de La materia oscura, la saga de novelas fantásticas de Philip Pullman. Para levantar la primera entrega, La brújula dorada, se invirtieron 200 millones de dólares, una de las cifras más altas que se recuerdan en Hollywood. La compañía presentó la película a lo grande en Cannes, pero ninguno de los responsables de El señor de los anillos, oliéndose el desastre, se personó para festejar el evento.

La brújula dorada fue todo un fiasco. Los sectores ultracatólicos pusieron el grito en el cielo por sus presuntos ataques a la religión y los fans de la obra de Pullman se quejaron, paradójicamente, de que se hubieran suavizado el material original. La taquilla en Europa funcionó relativamente bien, pero para colmo de males New Line había vendido previamente los derechos de explotación más allá del Atlántico para compensar los monstruosos costes de producción.

Restos del incendio

Nicole Kidman se ha convertido últimamente en veneno para la taquilla, pero en el epitafio de New Line también tienen culpa desastres como Serpientes en el avión. El desquiciado guión de esta película se filtró en la Red, para mofa de miles de internautas. En New Line decidieron dar la vuelta a la tortilla, dejando a los cibernautas participar en el libreto de esta película sobre, claro, serpientes en un avión.

A pesar de las técnicas de marketing viral, Serpientes en el avión tan sólo cubrió costes por los pelos. Ni siquiera el último gran éxito de la compañía, la sardónica De boda en boda, pudo compensar los últimos desastres en taquilla de la compañia, como Tenacious D: dando la nota o Semi-pro. New Line echa el cierre y dos generaciones de espectadores fascinados por el cine más freak lloran amargamente su pérdida.

Publicado en ADN.es

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