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Vampiros como nosotros

febrero 7, 2008
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30 días de oscuridad llega a las pantallas españolas para revitalizar el cine de vampiros, que son retratados como perfectas máquinas de matar. No es la primera película que lo intenta. La historia reciente del cine ha explorado nuevas formas de enfocar el subgénero, más allá de ajos, mansiones, crucifijos y espejos.

Vale, Max Schrek, Bela Lugosi y Christopher Lee son los vampiros más convincentes del celuloide, pero sus películas no son tan originales ni tienen tanto morro como las siguientes:

Yonkis. Adicción (Abel Ferrara, 1995). El controvertido realizador utilizó el tema del vampirismo para reflexionar sobre el síndrome de abstinencia y la maldad inherente a la condición humana. La estudiante protagonista de esta película, fotografiada en crudo blanco y negro, es una yonki de la sangre consumida a partes iguales por el sentimiento de culpa y el ansia irrefrenable de alimentarse para superar el mono.

Animados. Vampiros en La Habana (Juan Padrón, 1985). La segunda película de Juan Padrón es un clásico de culto para los aficionados al género. Se trata de una joya de animación regada por humor negro que mezcla cine de terror, musical y gangsters. Su argumento enfrenta a dos bandas organizadas de vampiros (La Capa Nostra de Chicago y el Grupo Vampiro Europeo) en pugna por hacerse con un elixir mágico, el vampisol, que les permitiría exponerse a la luz del sol.

Existenciales. Persona (Ingmar Bergman, 1966). La película narra el proceso de fusión y vampirización mental entre Elisabeth, actriz teatral que se queda muda, y Ana, la enfermera que la cuida. El maestro sueco no utiliza ajos, sangre o estacas, porque utiliza la película para explorar el concepto del doble, los mecanismos de representación cinematográfica y la frontera entre realidad y ficción.

Vaqueros. Vampiros (John Carpenter, 1999). Carpenter depuró todos los elementos góticos asociados al cine de vampiros, porque lo que a él le interesaba era crear un western. “Olvídate de todo lo que has visto en las películas. Los vampiros no son nada románticos. No tienen modales ceremoniosos. No hablan con acentos exóticos. No se transforman en murciélagos. Las cruces y los ajos no les hacen ningún efecto. No necesitan dormir en ataúdes. No son homosexuales”, sentencia el antihéroe de la película, Jack Crow.

Ochenteros. El ansia (Tony Scott, 1983). El hermano de Ridley Scott se centra en la relación de dependencia de la víctima hacia el vampiro. Con David Bowie, Susan Sarandon y Catherine Deneuve como estrellas de la función, la película cuenta con un montaje y planificación que huele a ochenta por todos lados. Para rubricar la apuesta, el film se inicia con el grupo de after-punk Bauhaus interpretando su famoso Bela Lugosi´s dead. Por cierto, en ningún momento se menciona la palabra vampiro.

Paródicos. El baile de los vampiros (Roman Polanski,1967). El director de El cuchillo en el agua o Repulsión dio un giro de 360 grados a su carrera cuando se planteó hacer una parodia de las películas de vampiros de la productora Hammer que arrasaban en la época. La combinación entre terror y comedia no siempre funciona, pero la película ha dejado algunos momentos míticos para el género, como el baile iniciatico mencionado en el título español. El paso del tiempo le ha hecho justicia, y sigue produciendo miedo y carcajadas a partes iguales.

Castizos. El gran amor del conde Drácula (Javier Aguirre, 1972). Paul Naschy, o Jacinto Molina, es el actor por español por excelencia del cine de terror, y uno de los que más ha hecho por el género desde finales de los 60. Sus papeles de licántropo le han dado fama mundial, pero aquí se calzo capa y colmillos para dar vida a un conde Drácula atormentado y enamorado, adelántandose unos cuantos años a Francis F. Coppola. El capo de los vampiros llega a suicidarse por amor en este clásico escondido.

Negros. Blacula (William Crain, 1972). Seguro que la blaxploitation, o explosión del cine negro durante los 70 ambientado en Harlem, Bronx y zonas adyacentes, hizo mucho por la comunidad de color en Estados Unidos, pero también dio lugar a bodrios como éste. El protagonista es un principe africano que es mordido por Drácula en el siglo XVIII y vuelve a Los Ángeles para morder yugulares a ritmo funky. Una joya del trash.

Moteros. Jóvenes ocultos (Joel Schumacher, 1987). El irregular Schumacher adaptó las historias de los vampiros a la generación de los Goonies. De hecho, el genial Corey Feldman aparece en ambas películas. En esta película, divertida y entrañable, los vampiros usan toneladas de laca, llevan chupas de cuero y cabalgan a lomos de flamantes motos. Con líneas como “mi propio hermano se ha vuelto un vampiro de mierda. Ya verás cuando se entere mamá”, es imposible tomársela en serio.

Pecadores…de la pradera. Brácula (1997, Álvaro Sáenz de Heredia). Segunda parte de la trilogía protagonizada por el inigualable Chiquito de la Calzada. Tras pasearse por el Lejano Oeste, Condemor llega a un castillo en el que le confunden con el conde Brácula (con b de Barbate). Ver a Chiquito vestido con capa y colmillos cantando “soy un fistro, soy un vampiro” al ritmo de la música de Bizet no tiene precio. ¿Quién necesita a Bela Lugosi?

Publicado en ADN.es

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