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La mirada del otro

julio 24, 2007
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Cuando se menta el nombre de László Kovács, en el 90% de los casos viene a la cabeza el genial Jean-Paul Belmondo de Al final de la escapada, y no el excelente profesional que fotografió Easy Rider o Luna de papel. La labor del director de fotografía no suele llevarse los oropeles destinados a directores y guionistas, pero sin su trabajo no se entienden algunas de las obras cumbres del celuloide. Los más importantes cineastas de la historia siempre han contado con una mano derecha en quien delegar asuntos como la óptica a utilizar, el encuadre, las texturas del filme o la iluminación natural y artificial adecuada para cada escena.

El gran angular americano

Matrimonios en ocasiones muy mal avenidos, pero siempre fieles, fueron los formados por Erich Von Stroheim con William Daniels, Robert Burks al servicio de Alfred Hitchcock (para quien trabajó en hasta 12 películas) y, especialmente, Gregg Toland con Orson Welles. Hasta la llegada de Toland a Hollywood, en la meca del cine no se habían planteado las posibilidades que ofrecía la iluminación de los rostros para expresar estados de ánimo y no simplemente para buscar efectos estéticos. El trabajo de Toland complementaba y potenciaba las posibilidades de los guiones, aportando matices visuales que no se habían visto hasta la fecha. Iluminó prácticamente toda la filmografía de William Wyler, trabajó con el John Ford de Las uvas de la ira y encontró en un rebelde Orson Welles, siempre dispuesto a subvertir las normas convencionales, la horma de su zapato. Ninguna posibilidad fue descartada por el dúo a la hora de iluminar y fotografiar joyas como Ciudadano Kane: lentes de gran angular, cámaras ubicadas a ras del suelo o movimientos de cámara impensables para la época. Su trabajo conjunto es especialmente recordado por sus juegos con la profundidad de campo y los contrastes bruscos de iluminación a los que fueron tan dados.

La perspectiva asiática

Tampoco le fue ajena a los gigantes del celuloide asiático clásico la importancia del trabajo del director de fotografía. Kazuo Miyagawa, quizá el profesional más reputado de la historia del cine japonés, entregó una fotografía fantasmal, casi translúcida, a Kenji Mizoguchi en Cuentos de la luna pálida de agosto, fundiendo lo sobrenatural con lo real en escenas de belleza perfecta. También trabajó estrechamente con Akira Kurosawa. No conviene olvidar que, siendo el perfeccionista de la imagen que era el llamado Emperador del cine, no dudó en delegar a ciegas en Miyagawa para concebir la maravillosa fotografía en blanco y negro de cumbres como Yojimbo o Rashomon.

El plano europeo

Europa también ha sido una cantera de excelentes profesionales del ramo, desde que en el primer tercio de siglo Karl Freund crease la aterradora fotografía tenebrista y de marcados contrastes lumínicos que se puede apreciar en las obras del primer Fritz Lang, Tod Browning o F. W. Murnau. Con todo, quizá el director de fotografía más reputado y recordado es el sueco Sven Nykvist, que trabajó durante cuatro décadas al lado de su compatriota Ingmar Bergman. En su búsqueda continua del concepto de “luz natural”, Nykvist apostó por una depuración casi espartana de todo efecto artificial en la iluminación, consiguiendo para el huraño genio de Upsala imágenes austeras, gélidas y sin embargo bellísimas en películas como Persona, Gritos y Susurros o Fanny y Alexander. Nykvist trabajó posteriormente con Woody Allen, que siempre ha confesado su admiración por Bergman, y a quien homenajeó en cierta manera en la fotografía en blanco y negro de películas como Celebrity. Por lo que respecta a España, podemos enorgullecernos de la labor de profesionales como Luis Cuadrado, responsable de la iluminación turbia de La caza o la fotografía onírica de El espíritu de la colmena.

En las antípodas de Nykvist se encuentra el trabajo del iraní Darius Khondji, uno de los directores de fotografías más plagiados y reconocidos de las dos últimas décadas. A Khondji se le recuerda especialmente por la fotografía pesadillesca, de colores ocres y grises, que supura la ciudad del mal de Se7en; una labor de fotografía que es en realidad un estado de ánimo y para la que experimentó a conciencia con procesos de revelado de la imagen. Con Fincher trabajó en un par de películas más, hasta que el mal genio del director les separó por diferencias a la hora de iluminar La habitación del pánico. Khondji es también responsable de la imaginería delirante de La ciudad de los niños perdidos o Delicatessen. Su estilo y trucos visuales, mal copiados, han degenerado en el mucho ruido y pocas nueces el que se ha convertido a nivel visual el peor cine comercial de Hollywood de las últimas dos décadas.

Publicado en ADN.es

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