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Crítica: ‘La matanza de Texas’ (Tobe Hooper, 1974)

febrero 2, 2007

matanza-de-texasEl estreno en 1996 de Scream (Scream), con sus guiños referenciales y su desprejuiciado sentido del humor, supuso un soplo de aire fresco para los aficionados al cine de terror. La película saltó a los primeros puestos de la taquilla, respaldada por un relativo (para lo que suele ser común en las producciones de este tipo) consenso crítico. Sin embargo, esta obra creada por el tandem Wes Craven/Kevin Williamson dio lugar durante los años siguientes a una avalancha de producciones de terror adolescente, a cual más mediocre, regidas por el mismo y cansino patrón: asesino-en-serie-con-trauma-mata-adolescentes-en-flor.

Este cáncer, que ha asolado las pantallas durante la última década, casi hiere de muerte a un género, el del terror, que no merecía tal suerte. Afortunadamente, en los últimos años han aparecido propuestas valientes, como Cabin Fever (Cabin fever, 2002), El amanecer de los muertos (Dawn of the dead, 2004) o La casa de los mil cadáveres (House of 1.000 corpses, 2003), que han devuelto al género la integridad artística que nunca debió perder. Tales producciones, que hunden sus raíces en el cine de terror de los 70, han contribuido a recuperar la obra de directores como George A. Romero o, como el caso que nos ocupa, Tobe Hooper.

Cinefilia y cinefagia

Aunque se trata de un lugar común a la hora de hablar de La matanza de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, 1974), lo cierto es que la película no supuso el debut de Hooper en la dirección. El realizador se estrenó en 1969 con una obra llamada Eggshells (Eggshells, 1969), tan sólo proyectada en universidades y salas de arte y ensayo norteamericanas, que abordaba la realidad socio-política del momento, con la guerra del Vietnam en primer plano. Sin embargo, Hooper siempre ha sido un fan confeso del cine de terror desde su niñez, cuando jugaba a recrear películas de la Hammer con su cámara de ocho milímetros, por lo que no es extraño que su carta de presentación a nivel comercial se adscribiera a este denostado género.

La matanza de Texas es el resultado del espartano empeño de su autor, que le llevó a dirigirla, producirla, guionizarla e incluso encargarse de la banda sonora. Todo ello estirando un exiguo presupuesto de 155.000 dólares. La historia se inspira, de manera absolutamente libre, en la historia real de Ed Gein, uno de los más populares serial killers del siglo XX. Gein ha servido de modelo tanto a maestros como Hitchcock (Psicosis) como a cultivadores del slasher de serie Z más bizarro.

“La película que van a ver es el relato de la tragedia que se abatió sobre un grupo de cinco jóvenes, y en especial, sobre Sally Hardesty y su hermano inválido, Franklin. Todo parece más trágico por tratarse de jóvenes. Pero aunque sus vidas hubieran sido largas, jamás hubiesen imaginado que se pudiese ver tanto horror y locura como vieron ese día. Para ellos, un idílico paseo de una tarde de verano, se convirtió en una pesadilla. Los sucesos de aquel día iban a llevar al descubrimiento de uno de los crímenes más extraños de los anales de la historia de América, ‘La Masacre de la Sierra Mecánica de Texas”.

Hablamos de un clásico

Esta introducción en off sirve de comienzo a una película que, miopías culturetas aparte, es un clásico absoluto del cine de terror, una de las películas más importantes de una década, los 70, en la que no se produjeron películas precisamente menores. Hooper saca oro de una excusa argumental mínima: un grupo de adolescentes, encabezados por los hermanos Hardesty (Franklin y Sally), se anima a pasar el día en una vieja mansión familiar ubicada en un escondido páramo de Téxas. Allí toparán con una bizarra familia de caníbales, con el mítico asesino de la motosierra Leatherface al frente.

La matanza de Texas es una película de horror puro que no necesita recurrir a monstruos venidos de oscuros pueblos de nombre europeo, ni a alienígenas con resabios comunistas. Es una experiencia en crudo que traumatiza al espectador con escenas de tormento psicológico y físico al límite de lo soportable. Sin embargo, en ningún momento Hooper se recrea en mostrar planos gratuitos de vísceras y sangre. No se trata de una película gore, en contra de lo que pudiera pensarse. Cuando Leatherface da cuenta de alguno de los jóvenes, el director deja que sea el propio espectador el que recree en su cabeza la escena que está teniendo lugar, por medio de mecanismos como mostrar la cara de absoluto pavor del personaje que se enfrenta a la mutilación, en lugar de abrir el plano para recrearse en la brutalidad de la escena.

Terror sugerido

En La matanza de Texas, el terror es en parte sugerido, pero no por ello menos inquietante. A ello ayuda la escalofriante fotografía elegida para la película. Hooper opta por un estilo documental para impregnar de realismo la producción, utilizando una imagen granulada que se beneficia de la conversión del material de 16 a 35 milímetros.

Los planos exteriores muestran escenarios desolados, áridos, muertos; un ambiente insano de absoluta pesadilla. Más agobiantes aún resultan las secuencias filmadas en la casa de la familia de Leatherface, (“gentileza” del director artístico Robert A. Burns), decorada con pieles y despojos de animales, con las paredes rezumando muerte, gallinas dementes revoloteando y esculturas realizadas con huesos humanos. Para aumentar más aún si cabe la sensación de incomodidad que provoca el visionado de la película, se escuchan constantemente ruidos de motor, alaridos de animales o el viento aullando amenazador. Hooper propone un viaje al infierno en el que no hay lugar donde poder esconderse, porque la muerte está en todas partes desde el mismo inicio de la película, con esos flashes que iluminan un cuerpo en descomposición.

El pánico nuestro de cada día

Aún peor, La matanza de Texas no sólo provoca pavor por los horripilantes asesinatos que narra, sino porque son cometidos por una familia de caníbales que bien podrían ser perfectamente vecinos nuestros. Se trata de una galería de personajes bizarros de los que Hooper no ofrece ningún dato previo. No sabemos por qué matan, ni qué les ha conducido a tal estado de degradación, pero nos asustan porque nos ponen cara a cara con una parte de nosotros mismos que nos aterra. Nos asustan porque en el fascinante juego de espejos que es la película, nos enfrentan con nuestros miedos atávicos.

La matanza de Texas es un fiel reflejo de la enferma sociedad de su época, una década marcada por la masacre de los Juegos Olímpicos de Munich, escándalos como el Watergate o las funestas consecuencias de la guerra del Vietnam. Una era de conflictos raciales, terrorismo y secuestro de aviones. Los jóvenes protagonistas de la cinta pretenden alejarse de toda esta podredumbre y retornar a los orígenes, a la naturaleza, pero se toparán con el mal en estado puro, que no es sino el resultado de la sociedad de su tiempo. Esto también vale para los espectadores, que acudieron en su día al estreno dispuestos a evadirse por unas horas de la realidad circundante, y recibieron una nauseabunda bofetada en plena cara. No es casual que muchos espectadores abandonaran la sala vomitando, llegando a prohibirse la película en países como Alemania o Reino Unido. En este sentido, la película ha perdido vigencia con el paso del tiempo, hace menos daño, aunque sus valores artísticos permanezcan intactos.

Desde el punto de vista técnico, la película resulta casi impecable, teniendo en cuenta el presupuesto y las condiciones en que se filmó (el rodaje coincidió con una oleada de calor que llegó a desquiciar literalmente a los actores). Hooper consigue mantener alto el ritmo durante todo el metraje, mediante la búsqueda constante de nuevas formas de horror que consiguen que no seamos capaces de despegar los ojos de la pantalla, indefensos y desvalidos porque no nos hemos enfrentado a algo así antes; no somos capaces de predecir que nueva atrocidad nos aguardará en la siguiente escena.

El director se muestra especialmente hábil a la hora de mover la cámara en espacios reducidos (ahora, directores como Fincher recurren a procedimientos digitales para hacerlo), y mantiene el tipo de forma titánica a la hora de iluminar y encuadrar los desencajados rostros de los adolescentes, básicos para que la película resulte creíble.

Reinas del grito

Con todo, la película está repleta de momentos que se quedan grabados a fuego en la retina, como la secuencia en la que Leatherface, con su inseparable motosierra, persigue a una histérica Sally (una impagable Marilyn Burns, que entró por derecho propio con esta película en el olimpo de las reinas del grito). Rodada con un ritmo epiléptico, la escena llega a provocar auténtica ansiedada, especialmente por los agobiantes sonidos de la motosierra de Leatherface, que se entremezclan con los alaridos de la joven, creando una sinfonía dantesca.

No menos horripilante es la famosa escena del “convite” que le prepara la familia de perturbados a Sally al final del metraje, con la mayor concentración de freaks por metro cuadrado (incluyendo a ese impagable abuelo momificado) que se ha visto nunca en el cine rodeando a la jovencita, que no puede más que llorar de pura impotencia y desesperación .Y ahí más, mucho más… La matanza de Texas es un viaje al horror del que no se puede esperar salir intacto. Una pesadilla rodada a 24 fotogramas por segundo cuyos hallazgos no han logrado ser superados más de 30 años después.

Publicado en Miradas de cine

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