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Crítica: ‘Annie Hall’ (Woody Allen, 1977)

enero 1, 2007

Annie Hall supone un punto de inflexión en la carrera de Woody Allen, que hasta entonces había estado centrada en la comedia pura y dura, con títulos como Toma el dinero y corre (Take the money and run, 1969) o Bananas (Banana, 1971).  Las películas anteriores de este carismático director neoyorquino se habían caracterizado hasta la fecha por la concatenación de pequeños gags cómicos regados de humor absurdo y elementos tomados de la noble tradición del slapstick. Como en su día señaló Peter Bogdanovich, Annie Hall es la primera película de Allen en la que la maquinaria engrasa a la perfección. El propio Allen reconoce que hasta entonces sólo se había ocupado de engarzar chistes uno detrás de otro. «Con Annie Hall empecé a hacer películas». Y qué películas…

Annie Hall reúne y depura las obsesiones que el director había encarado de manera más o menos tangencial en sus anteriores obras, dando forma a un molde del que se nutrirá la mayor parte de su filmografía posterior. Aún sin abandonar el terreno de la comedia (sigue siendo una de las películas más divertidas del director), Allen reflexiona sobre la muerte, el amor, la angustia existencial, el pesimismo vital o la frustración sexual, y no le duelen prendas en plasmar en forma de fotograma algunos de sus fantasmas personales, arrojando una visión absolutamente demoledora sobre sí mismo y, de paso, del resto de la humanidad.

“No te metas con la masturbación. Es hacer el amor con alguien a quien yo quiero”

Annie Hall es una película inclasificable. ¿Se trata de una comedia agridulce, un drama con tintes cómicos o un divertimento formal con trasfondo trágico? A lo largo de su metraje asistimos al ascenso y caída de la relación de Alvy Singer, un comediante de clubs nocturnos consumido por sus inseguridades, y Annie Hall, una joven aspirante a cantante.

Se trata de una producción que descansa fundamentalmente en su enorme trabajo de guión, (obra del propio Allen en colaboración con Marshall Brickman), retomando un camino que ya había sido explorado, a su manera, por Ingmar Berman en Secretos de un matrimonio (Scener ur ett Äktenskap, 1973). Sin embargo, y a diferencia de otros realizadores obsesionados por las relaciones humanas como Rohmer, Allen no descuida la puesta en escena a favor de los diálogos, sino que se plantea una estructura formal absolutamente libre en la que caben todo tipo de licencias narrativas. Un salto mortal sin red del que sale asombrosamente ileso.

La película comienza con el propio Alvy Singer/Woody Allen dirigiéndose directamente a la cámara, haciendo partícipe al espectador del último de sus fracasos amorosos. Tras este impactante inicio, Allen renuncia a la estructura dramática lineal de corte clásico y fragmenta la narración con constantes saltos en el tiempo y el espacio. Escenas idílicas de la vida en pareja entre Annie y Alvy se intercalan con broncas discusiones e intentos patéticos del protagonista por intentar resucitar el espíritu de Annie en otras mujeres, incapaz de asumir el fin de la relación.

“Yo intento hacer con las mujeres lo que Eisenhower ha estado haciendo al país”

Para contar las desventuras de Alvy, Allen se vale de mil tretas narrativas, algunas prestadas de sus directores favoritos como Bergman. Así, el protagonista viajará al pasado para revivir algunas de las escenas que le traumatizaron de niño y con las que trata de explicarse sus neurosis de adulto, en lo que supone un claro homenaje a la obra maestra del director sueco Fresas salvajes (Smultronstället, 1957). Pero Alvy tampoco tiene problemas en transmutarse en dibujo animado, disfrazarse de rabino judío o pedirle consejo a los videntes casuales que se cruzan con él, incluyendo una pareja que se ufana de su estupidez o un caballo de un policía al que no duda en contar sus penas amorosas.

Pero no siempre Allen echa mano de estos trucos narrativos para provocar la sonrisa; en ocasiones la congela. Es el caso de la secuencia en la que Annie y Alvy hacen el amor, y el alma de ella se incorpora para tomarse un café. Ante las quejas de Alvy, Annie le replica que no debería quejarse porque “tienes mi cuerpo”. Estremecedor. En otras ocasiones, la inventiva del director roza lo sublime. Es particularmente brillante la secuencia en la que Annie y Alvy debaten sobre fotografía soltando lugares comunes del manual del perfecto pedante, mientras que unos subtítulos en pantalla nos advierten de lo que realmente están pensando los personajes en el momento, con frases como “me pregunto como estará desnuda”.

Y es que Alvy/Allen odia la impostura insoportable de ciertos aspirantes a intelectuales. Quizá la escena más celebrada de Annie Hall es aquella en la que Alvy y Annie esperan para sacar su entrada en la cola de un cine, mientras que un profesor pedantuelo, de estos que pueblan la crítica cinematográfica, presume gratuitamente de sus conocimientos sobre Fellini o McLuhan. Alvy, desesperado, acude en busca del propio McLuchan, que humilla al engolado maestro, echándole en cara que en realidad no se ha enterado de nada. Tampoco deja muy bien parados Allen a la fauna de Hollywood (esa aparición fugaz de Jeff Goldblum quejándose de que “ha olvidado su mantra”) o a los místicos de salón que asolaron Estados Unidos durante los 70.

“En Beverly Hills no tiran la basura. La convierten en televisión”

Sorprendentemente, esta agridulce comedia sobre las relaciones humanas, que ha pasado a la historia como uno de los trabajos más compactos de su realizador, iba a ser en principio una película de suspense que tenía como título provisional Anhedonia (incapacidad de disfrutar del placer) y un metraje mastodóntico. La película fue editada con la colaboración de Ralph Rosemblum. La mayoría de las escenas que se rodaron fueron eliminadas, mientras que otras sufrieron todo tipo de modificaciones. Entre ellas, y como bien señala Susanna Farré en su excelente estudio sobre la película en esta misma revista (1), se incluían «un partido de basquet entre los New York Nicks y un grupo de intelectuales que incluían entre sus jugadores a Kafka o Nietzsche, o una parodia sobre La invasión de los ultracuerpos». Finalmente, Allen prefirió centrarse en la historia de (des)amor de la pareja protagonista.

Pero más allá de la ironía punzante presente en toda la película, Annie Hall es, sobre todo, una historia de amor, o mejor, una reflexión sobre el amor. A Allen ya no le bastan los monolíticos arquetipos de películas anteriores, sino que diseña unos personajes construidos de forma impecable (imposible no ver las semejanzas del personaje de Annie con Diane Keaton, excelente en su papel por otra parte) y los pone en el tablero para, sobre la práctica, intentar comprender el misterio de las relaciones de amor.

“Una relación es como un tiburón; tiene que estar continuamente avanzando o se muere. Y me parece que lo que aquí tenemos es un tiburón muerto”.

Aunque la película contiene no pocos momentos de ternura, Allen ofrece una visión netamente negativa y pesimista sobre (el fin del) amor: la imposibilidad de olvidar una relación, los celos o aquellas diferencias a las que en un primer momento no se da importancia pero que luego se convierten en simas insondables capaces de sepultar una relación. En un momento de la película, Alvy se pelea con una langosta en la cocina, buscando la risa cómplice de Annie. Más adelante, el personaje intenta recrear la misma broma con otra pareja, que recibe la ocurrencia con una mueca en la que se mezclan la duda y el desprecio. La expresión desolada en el rostro de Alvy lo dice todo sobre la nostalgia y el desencanto. La conclusión no puede ser más descorazonadora, con la voz en off del protagonista contando un chiste que resume la visión del director sobre las relaciones humanas: «un tipo va al psiquiatra y le dice: “Doctor, mi hermano está loco. Cree que es una gallina” Y el doctor le responde: “¿Por qué no lo mete en un manicomino?”. Y el tipo le dice: “Lo haría, pero necesito los huevos”. Pues eso, más o menos, es lo que pienso sobre las relaciones humanas, ¿saben? Son totalmente irracionales y locas y absurdas, pero… supongo que continuamos manteniéndolas porque, la mayoría, necesitamos los huevos».

Quienes se acerquen a Annie Hall buscando al Allen ocurrente y de verbo epiléptico quizá salgan escaldados del intento. Más allá de los momentos cómicos de la película, de las ocurrentes frases de Singer, queda un resabio amargo sobre las relaciones humanas y la propia existencia. Annie es un producto tóxico con apariencia de caramelo; un regalo de Allen para todos los Alvy Singer del mundo.

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