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Jess Franco: “El cine que no es de genero es una mierda”

junio 5, 2008

“El cine español está atravesando uno de sus peores momentos, y se acerca de nuevo al modelo de la España franquista. Ahora hay libertad, pero paradójicamente no se pueden hacer películas libremente; hace falta que estén subvencionadas. Eso no es una industria, empieza a tener una parte importante de panfleto”.

Al verle con su gorra de Joe D´amato calada hasta las cejas, sin parar de enlazar un pitillo tras otro, uno podría cometer el error de reducir la figura de Jess Franco exclusivamente a icono referencial para amantes de la serie B, como algunos han tratado de hacer en los últimos años. Pero basta que abra su desdentada boca para comprobar que Franco tiene, además de una lengua afilada, uno de los discursos más lucidos sobre el pasado, presente y futuro del cine.

Jess Franco se jacta de haber rodado más de 200 películas, en las que ha renunciado tanto a las ayudas estatales como a la narrativa convencional y las normas. Es un anarquista del Séptimo Arte que no se arrepiente de no haberse plegado nunca a los poderes fácticos del momento, aunque eso le haya supuesto contar con pocos medios para rodar sus películas. “En los últimos tiempos del franquismo me insistieron para que me vendiera y pasara a formar parte de la familia. Yo respondía: Qué jodío, y la película la firmas tú?’ “.

El cine ha muerto

Para Franco el cine, tal y como lo conocemos, está muerto, pero tampoco hay que echar muchas lágrimas por el finado El cineasta dio su apoyo recientemente al colectivo Digital 104, que cuestiona el papel del celuloide. “El celuloide lo único que hace es encarecer y atrasar la producción. El digital vale diez menos. Algunos románticos añoran la textura del celuloide e incluso ruedan en Alta Definición para luego estropear la imagen. No tiene sentido. Si puedes tener una imagen más transparente, con más foco y mejor luz, ¿por qué luego lo vas a joder tú solo?”. Franco también pronostica la desaparición de las salas de cine.

En su opinión la industria cinematográfica está al menos tan anquilosada como las propias películas. “El cine en general sigue contando narraciones del siglo XIX. Es un arte antiguo que hay que renovar. Llegué a esta conclusión hace bastante tiempo gracias a Godard, uno de los talentos más grandes de la historia del cine. Una película puede tratar de lo que tú quieras; incluso de nada”.

Para predicar con el ejemplo, en su última película no existe diálogo. Apenas tres inscripciones, una del Cantar de Cantares, otra de Justine del Marques de Sade y una suya. Ya en su día tuvo que irse fuera de España para poder r Necronomicón (1968), un experimento narrativo sin lógica cinematográfica y apenas guión que recibió los parabienes del mismo Fritz Lang.

Compañeros y pajarillos

Algunas de sus películas, como La venganza del doctor Mabuse (1972), cuentan con un carácter descaradamente pop y de cómic que ahora siendo reivindicada por las nuevas generaciones de cinéfilos.

“La gente joven tiene menos complejos con el cine que los ‘doctos’. La gente que ama el cine disfruta más del doctor Mabuse o El Hundimiento de la casa Usher (Roger Corman, 1960) que de esas películas de compañeros y pajarillos que hacen los intelectualoides. El cine de género lo denostan precisamente aquellos que no saben hacerlo, pero yo no creo que el cine sea para unos elegidos de una élite intelectual. El cine es para todos, para el gran público. Para los chavales que se gastan su pelas para ir al cine. Lo demás son zarandajas”.

En su opinión, uno de los males endémicos de la industria cinematográfica es que sus profesionales “se toman demasiado en serio”. Quizá por ello en los últimos años se ha puesto frente a la cámara para interpretar personajes voluntariamente estrafalarios, como en la nueva película de Pedro Temboury, Ellos robaron la picha de Hitler. “Me gusta hacer este tipo papeles exagerados de genios locos o retrasados mentales, incluso a nivel protagónico, aunque es difícil compaginarlo con la dirección. Prefiero volcarme al 100% en lo que mejor se me da”.

El cineasta, cuya memoria es al menos tan buena como su encanto como conversador, siente verdadera admiración por el oficio de actuar, y recuerda cuando Orson Welles le reconocía que gozaba por igual interpretando al Capitán Silver de La isla del tesoro (John Hough, 1972) como dirigiendo Campanadas a medianoche (1972).

Publicado en ADN.es

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