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Entrevista a Dolores

febrero 13, 2012

El tormento y el éxtasis

La opera prima de Dolores, “Disco póstumo” (Origami Records), es pop de intensidad malsana iluminado a base de claroscuros. Un disco homogéneo a pesar de sus puntuales escapadas kraut; seco y directo, pero trabajado con tesón de artesano. Parece que jugaran al despiste, pero es que Dolores se encuentran cómodos explorando los contrastes. “Yo siempre he defendido el trabajo en casa, con tranquilidad y tiempo, que te da más oportunidades de componer algo más elaborado melódicamente. En el local de ensayo siempre te va a salir algo más rabioso”, apunta Juan Rodríguez, creador de la mayoría de unas canciones que se benefician de un reparto de tareas ejemImagenplar: “Teresa se encarga de las letras, melodías de voz e imagen gráfica. Pablo Costa adapta las canciones al directo y Tahiche Guillén produce. Tenemos muy claro lo que nos gusta”. El interesante apartado lírico de Dolores, otro de sus puntos a favor, remite a la tradición mítica española y su cargamento de llagas y tormentos. “No todo se reduce a imaginería religiosa”, matiza Teresa, “pero me parece interesante cómo afloran sentimientos como la culpa y el pudor en una sociedad desprovista presuntamente de sentimientos religiosos. Se trata de una reflexión sobre la fe enfocada desde distintos ángulos”. Uno diría que se encuentran más cerca del simbolismo hermético de San Juan de la Cruz que de los referentes musicales con los que les han asociado apresuradamente. “Yo no me siento nada identificada con el sonido ochentero y la onda siniestra con la que a veces nos relacionan”. Seguramente por eso el aspecto visual de Dolores  contiene abundantes humorísticos guiños desmitificadores. “Jugamos con la paradoja. Estamos hablando de una cosa muy seria y puñetera, pero le metemos esos detalles de color. También en el sentido musical nos dicen que somos oscuros, pero luminosos. No somos almas atormentadas. Ni nos sale ni queremos dar esa imagen”, apunta Juan, antes que Pablo zanje el asunto: “En 2011, etiquetas como la de ‘maldito’ están más que anticuadas”. Y es que, en el fondo, a la banda le hubiera gustado prolongar el misterio que acompañó sus primeros pasos, como reconoce Juan: “Personalmente hubiera preferido ni siquiera salir en las fotos para preservar la música tal cual, pero es algo imposible en esta era de la sobreinformación”.

Publicado en el número de enero de 2012 de Mondosonoro

Postales desde el extrarradio

febrero 6, 2012

Tras haber recogido los parabienes de jurado y público en el Festival Beefeater In-Edit 2010, Daniel Arasanz y Jaime Gonzalo presentan en DVD “Venid a las cloacas”, el formidable documental sobre la desventurada trayectoria de La banda trapera del río

La guadinesca historia de La banda trapera del río no fue bonita. Rezuma heroína y muerte, chatarra y orgullo curriqui, bilis juvenil y resentimiento de clase. Por eso, pese a su reconocimiento tardío, el documental que aborda la trayectoria de los de Cornellá no celebra nada. “Venid a las cloacas” es un fresco de miseria y cinismo en el que el decadente entorno de extrarradio en el que creció la banda tiene tanta importancia como su música. “Queríamos reflejar un mundo que ya no existe, diametralmente opuesto a la Barcelona que ahora conocemos y que determinó el carácter y circunstancias del grupo”, explica Jaime Gonzalo, guionista del documental y autor del libro en el que se basa, “Escupidos de la boca de Dios”. Por eso, la edición en DVD (a cargo de Inedit Master Series y Cameo) incluye 70 minutos de extras en los que se abunda en el contexto que marcó a fuego el carácter libre y espontáneo de la banda. “Eran genuinos.  Partiendo de cero y de su instinto, crearon letras y acordes y forjaron su presencia escénica. No tenían las más mínima idea de lo que se cocía fuera. Ese es su gran valor”, explica Gonzalo. La banda trapera del río han sido los grandes olvidados de la historia de la música en España, pero el documental matiza su carácter maldito. “Cuando querían, tenían disciplina, pero en el fondo actuaban de manera muy poco profesional. Se buscaron ellos mismos los problemas, porque tuvieron muchas oportunidades, pero su carácter volátil y su lucha de egos les incapacitaron para encontrar un frente común”. Pero “Venid a las cloacas” no carga las tintas en el componente trágico, a pesar de esa maldición trapera que se llevó por delante a tantos miembros. “Hablamos de una tragicomedia, o una tragedia tapada. Es el tipo de vida que eligieron. Todos ellos dirían que ha merecido la pena, con lo cual no hace falta decir mucho más”, concluye Daniel Arasanz, director del documental.

Publicado en el número de enero de 2012 de Mondosonoro

Entrevista a Corcobado

noviembre 23, 2011

El cantar de los cantares

 

Vestido con frac de crooner y mecido por la nostalgia, Corcobado revisita algunos de sus particulares clásicos imperecederos

De pequeño, Javier Corcobado ya quería ser crooner, una faceta que ha ido insinuando a lo largo de su dilatada discografía y que exploró a fondo en “A nadie” su anterior trabajo. “Luna que se quiebra sobre la tiniebla de mi soledad” (Pias, 2011) supone, en cierta manera, el paso lógico y natural. “Nunca me he preocupado de cantar muy bien. Las palabas siempre primaron sobre la ejecución vocal. En este disco de versiones he aprendido a cantar mejor”. La génesis de este proyecto nace, nada más y nada menos, del empeño de Corcobado de medirse con las canciones y autores que le han fascinado desde que tiene uso de razón. Un disco placentero para cantar y tocar, confiesa, a pesar de los quebraderos de cabeza al adaptar la enorme orquestación de canciones como “The world we knew”, popularizada por Sinatra, con una banda de cinco aguérridos músicos. “Hay quien sin embargo quiere tener discos en directo, que a mí me espeluznan. Ya hice dos volúmenes de boleros en los años 90, en el que casi todo eran versiones. También ha sido una manera de tener una continuidad con la banda y poder llevar este material a los escenarios. En el momento que estoy de expresión artística sobre las tablas, creo que este disco va como el anillo a dedo”.

Es esta una ecléctica selección que nuestro hombre abre con una sedosa versión de “The shadow of your smile” y remata llevando un paso más allá la psicodelia de la alucinada “Losing touch with my mind”, de Spacemen 3, cubriendo un extenso arco temporal que elude los últimos cinco lustros de música popular. “No me he planteado las épocas. Me he basado en el efecto que me producían las canciones y la belleza que pudieran arrastrar consigo. Es cierto que a partir de los 90 la música popular empieza a decaer en cuestión de composición. Se empieza a llenar de prejuicios y se hacen muchas revisiones y refritos”. Lo que no quiere decir necesariamente que no se dispusiese de suficiente fondo de armario. “Podía haber hecho un disco de 200 versiones fácilmente. He dejado fuera unas cuantas que incluso ya estaban ensayadas o en proceso de arreglos, como “Ansiedad” de Nat King Cole, hecha con vasos, como los músicos callejeros de la Europa del Este. También ha quedado fuera “Ain’t Got No/I Got Life”, de Nina Simone, pero quedaba demasiado rock, tratamiento al que no quería acercarme con este disco. Tampoco he querido usar nada electrónico ni samples”.

Y es que a la hora de vestir a sus santos, Corcobado se ha mantenido fiel al material original, cediendo únicamente a la tentación de la deconstrucción en ese homenaje a la Velvet Underground que se encuentra al final de “El rey”. “Me apetecía ser bastante respetuoso con las canciones, a pesar de que, por ejemplo, “Carioca” tenga saxos en la onda no-wave. Eso incluía atenerme al idioma de las letras. Las canciones de cantantes extranjeros de los 60 y los 70 como Adamo y Matt Monro, que tenían acentos exóticos, me fascinaban”.
Publicado en el número de noviembre de 2011 de Mondosonoro

Entrevista a Antonna

noviembre 13, 2011

 Memorias del subsuelo

Antonna mantiene intacta su fecunda y sardónica imaginería lírica, pero en esta ocasión la recubre de un armazón electrónico que sienta como anillo al dedo a sus nuevos temas

Manu Sánchez tiene la sana costumbre de no tomarse muy en serio. Al menos, lo suficiente para que no le importe que el personal tienda a fijarse en sus melodías y desvaríos líricos antes que en las texturas sonoras. En “Grandes males, remedios regulares” (Gramaciones Grabofónicas, 2011), sin embargo, el fondo reluce tanto o más que las formas.  En algunas de nuevas canciones hay un acercamiento a la electrónica más descacharrada, que se traduce en guiños a Kraftwerk y Suicide, una versión de “A-68” de Hidrogenesse en la que troca el Vocoder por la voz Ariadna de Los Punsetes y el aroma a los Magnetic Fields del “Get Lost” que desprende el pegajoso single “Arruino todo lo que encuentro”. “Ahora estoy grabando con un ordenador, con un abanico de opciones loquísimo, y se me ha ido la olla a Camboya. También quería que “Grandes males, remedios regulares” sonara muy variado, y han acabado saliendo cosas que yo no sé si son tan electrónicas, pero van por ahí.  Al final, el resultado depende de los medios de los que dispones a la hora de hacer las canciones. Este ha sido siempre el espíritu de Antonna y lo sigue siendo”, reconoce. Un espíritu que pasa por entender el proceso de composición como algo completamente lúdico, anárquico y sin complejos. Y sin embargo, algo ha cambiado. “En este disco he trabajado menos los estribillos y más las estructuras. Muchas veces he empezado a arreglar una canción antes de tenerla terminada, que es algo que no había hecho nunca. Al trabajar así, te vas encontrando cosas por el camino y la estructura de la canción cambia. Si los discos suenan cada vez mejor es porque voy aprendiendo mientras trabajo. Si sigo en esta progresión, acabaré convirtiéndome en Quincy jones” (risas). En el tercer advenimiento de Antonna, a un rap chanante a cargo de Garbanzo le sucede sin pudor una muralla de guitarras superpuestas a lo Johnny Marr; consecuencia más o menos directa de la lectura de la polémica biografía “Los Smiths. La alianza rota”. Eso sí, prohibidos por decreto-ley los temas de más de cinco minutos y el pajilleo instrumental. “No me gustan mucho las canciones largas. Una vez que tienes estrofa, estribillo, ritmo y un puente, lo demás es trabajo de albañil, para el que no valgo porque me da pereza. No me parece una virtud hacer un disco largo, pero hacerlo corto no supone un problema. ¿Los discos largos molan? Pues no especialmente. En “London Calling” de The Clash todas las canciones son buenas, pero no me hubiese importado  que fueran dos discos cortos”.

En “Grandes males, remedios regulares”, volvemos a encontrar el brutal humor marca de la casa, mezcla de greguería, escatología y dadaísmo, que mezcla por igual el metalenguaje castizo de Jardiel Poncela y el descaro del Gainsbourg más Gainsbarre. “Adoro los contrastes brutales en las letras. La primera idea que se me ocurre para una canción ha de ser fuerte, impactante. Luego intento que la letra no tenga un sabor muy claro. Ha de incorporar matices o detalles inquietantes”. Vale, pero entre hilarantes cantos a la misantropía militante, desastres futboleros y los recuerdos chungos de viajes, en canciones como “Caramelos con droga” se cuela alguna reflexión que congela la risa. “Para mí tiene un sentido político la canción, desde luego. Hay un cabreo frente a una situación, aunque no buscara una idea concreta.  Eso es lo más político que me puedo poner. No es un proceso consciente para mí escribir una canción. Intento no concentrarme mucho en una idea y que la cabeza trabaje sola. Tampoco podría escribir una canción de amor, porque tener una intención previa que esté clara va en contra de mi forma de componer. A Nacho Vegas le sale bien cualquier tipo de letra. A mí no” ¿Y cómo se esquiva la tentación de la autoindulgencia cuando no se tiene al resto de Punsetes para dictar purgas stalinistas con tanto material compuesto? “Cuando empecé a hacer en este disco la premisa era hacer lo que me saliera de los huevos, pero en mayo quería que me pegaran un tiro, porque cuando estás tan metido en algo tiendes a perderte. Al final, he tirado más canciones de las que he metido. A Cristina Plaza (Los Eterno) la tengo frita ya de enviarles canciones malísimas. Ahora estoy muy contento, porque estoy haciendo canciones punsetiles y estoy liberado de responsabilidad”, confiesa.

Publicado en Mondosonoro

Entrevista a Fernando Alfaro

junio 3, 2011

Los placeres y los días

 

 “La vida es extraña y rara” es una colección de accidentes vitales rodados en plano secuencia que comenzó a filmarse sin apenas guión y se ha acabado convirtiendo en uno de los mejores trabajos de la carrera de Fernando Alfaro

 

“Nos inventamos rutinas para ordenar la vida, pero en realidad el mundo es caótico”, explica Fernando Alfaro para condensar su accidentado periplo durante los últimos cuatro años, pero también el contenido de su último disco, “La vida es extraña y rara” (Marxophone), inspirado en hechos reales y el contrasentido de la vida. “El hecho de que el disco comience precisamente con un tema como “Extintor de infiernos” obedece precisamente a esa sensación de torbellino que se busca ya desde la portada, con ese personaje que no sabes si está cayendo al vacío o siendo abducido hacia el cielo. Si estuviésemos ante el guión de una película taquillera, lo lógico sería poner el tema al final para buscar el golpe de efecto, pero lo cierto es que fue una de las primeras canciones que compuse”.

Durante algún tiempo, sencillamente, ni siquiera hubo guión. Las canciones que tenían que haber dado continuación inmediata a su disco con Los alienistas, “Carnevisión”, se quedaron a medio grabar por diversas circunstancias y de momento duermen el sueño de los justos. “Ni siquiera sabía si iba a terminar grabando un disco. Simplemente me venían las canciones, algunas de las cuales compuse sin ni siquiera tener una guitarra, teclado o secuenciador al lado. Tan sólo con melodías vocales. Es un disco creado desde la más absoluta y radical libertad. Si una de ellas tenía que durar siete minutos o incluir varios cambios de estructura, se hacía”.

Este carácter ingobernable de las canciones llevó a Alfaro a buscar un lenguaje musical diferente al de trabajos anteriores, macerado en cientos de horas de conversación con Raúl Refree y aliñado con un par de brazos rotos, que han retrasado el lanzamiento del disco pero han permitido que esté trabajado a conciencia. “El propio carácter de las canciones se impuso a la producción.  Eso determinó que el plano de voz fuera más alto y las letras resultaran más claras, en el sentido de nítidas. En esta ocasión no quería coproducir siquiera el disco y me he dejado llevar, aparcando el ego a un lado. Eso nos ha permitido tanto arriesgar como subrayar los estilos. Hay quien me ha dicho, y estoy de acuerdo, que esa mezcla entre guitarras saturadas y acústicas de canciones como “Hijo de perra” le recuerda mucho a la Luz en tus entrañas, el primer disco de Surfin´bichos, aunque no se parezcan en cuanto a producción”.

En “La vida es extraña y rara” conviven baladas a lo Phil Spector con píldoras de punk-rock, dulces atmósferas al piano y vientos aberrantes. Y sin embargo, se trata del trabajo más pop que haya grabado Fernando Alfaro. “Para mí lo más importante son las canciones y las de “Carnevisión” me pedían una especie de continuidad de los discos que había grabado con Kaki Arkarazo. Esta vez no ha sido así. Si el anterior disco era más descriptivo, “La vida es extraña y rara” es más introspectivo y confesional, como en su día lo fue “Los diarios de petróleo” que grabé con Chucho. Por eso, musicalmente también tenía que suponer un paso adelante”.

“La vida es extraña y rara” es un tratado de claroscuros emocionales plagado de fantasmas y epifanías, confusión y ceguera de amor, tormentas galopantes y sol brillante.  Pura y buscada contradicción, como certifica “Gol psicológico”, una historia de amor loco que acaba transformándose en un pavoroso cuento de terror. Una obra vitalista, que no luminosa.  “El mero hecho de haber publicado este disco ya es un acto de optimismo puro, y no sólo por la situación general, que también. Hacer canciones es un acto positivo siempre, por muy doloroso que sea lo que estás cantando.  El momento de sacarlas fuera es un acto de rebeldía”, rubrica un relajado Alfaro que bromea con sus nuevas y buenas sensaciones, “como dicen los futbolistas” y a estas alturas de jugada ya está de vuelta de los tópicos manidos y vacíos de contenido que alguno le sigue adjudicando. “Cuando me dicen eso de artista maldito contesto: ‘¡Maldito tú!’ (risas) ¿Es una putada que te llamen maldito, ¿no?”. 

Publicado en el número de junio de 2011 de Mondosonoro

Entrevista a Tote King

junio 4, 2010

Tote King: “Pincho en hueso porque lo que cuento es real”

Amo el hip-hop y odio todo lo que le rodea”, rapea en una de sus nuevas composiciones Tote King, al que a estas alturas de la jugada (cinco discos, 31 años) le sobra con las rimas y los ritmos. Todo lo demás, desde la sempiterna moda retro a las nuevas tendencias como el electro-hop, le da ya lo mismo. “Hay todo un circo montado alrededor de algo tan sencillo como grabar una canción o presentarla en concierto”, se lamenta.

En su dominio del flow y el verbo nunca ha habido más trucos que el trabajo sin descanso. Pero en El lado más oscuro de Gandhi, una obra orgullosamente desprejuiciada y ecléctica, ha ido más allá, ensayando 24×7 en el estudio construido con las ganancias de los últimos años. “Es muy importante sentirte cómodo en tu entorno de curro. En los estudios recibes visitas de otros músicos que te despistan, y además juegas con la presión de gastarte el dinero en horas de grabación. Yo prefiero poder pasarme horas y horas escribiendo, retocando y probando en el mío. Es un lujazo”.

A falta de rivales de enjundia con los que batirse, esta vez ha prescindido de colaboraciones -“la logística que conllevan las convierten en algo administrativo que hace que pierdan magia”- para apoyarse en su hermano del alma DJ Randy, que ha colaborado casi en la mitad de las bases del disco. “Nos criamos juntos, como quien dice, en La Alta Escuela. No sólo es importante su labor como productor o DJ, sino nuestra afinidad en esos miles de detalles que nos salvan de acabar quemados de la música”.

Tote se reivindica aquí como cuentacuentos mordaz y desencantado, pero también socarrón. Sin duda, al hip hop le hacía falta el humor que muchos raperos americanos han sabido darle ahora”. Por eso, le sorprenden las acusaciones de populismo que le han caído con su polémico primer single, Redes sociales. “Si pincho en hueso con el tema es porque lo que cuento es de corazón, es real y nos pasa a todos, sólo que muchos no tienen cojones para mirarse al espejo y ver cómo les crece la chepa y se van convirtiendo en vegetales frente al portátil”.

No necesita de un plan maestro para seguir manteniendo el cetro. Tan sólo brillantes chispazos de ingenio que florecen a pie de calle, pero también en las películas y libros que devora, aunque de momento no tenga previsto trasladar su privilegiada verborrea a otras disciplinas artísticas: “Nunca se sabe…le tengo mucho respeto a ese tema”.

Publicado en el número de junio de 2010 de Calle 20.


Clive Barker, el demonio que jugó a ser Dios

marzo 6, 2010

Stephen King dijo de él que representaba el futuro del horror, fascinado tras leer uno de sus primeros volúmenes de relatos, Cuentos de sangre. Han pasado ya 25 años, y el británico Clive Barker es  uno de los nombres de referencia del terror contemporáneo, con una obra que trasciende campos (apenas hay disciplina artística con la que no se haya atrevido), porque todos se le quedan cortos para plasmar la imágenes que pasan por su mente, un lugar en el que uno no se atrevería a quedarse demasiado.

Otro de los grandes maestros del horror moderno, Ramsey Campbell, dijo de él que escribía en tecnicolor, aunque con tonalidades bastante macabras, cabría añadir. Barker es un enemigo declarado del terror sugerido. El espanto que no se muestra en su plenitud no cuenta. Lo que importa es que el lector lo visualice de manera tan gráfica que no se pueda imaginar nada. A diferencia del prolijo estilo de King, al británico le gusta ir al grano. De sus inicios como escritor y director de obras de teatro underground extrajo una de sus máximas: si en los cinco primeros minutos no consigues enganchar al espectador, estás muerto. Y eso lo consigue dando la vuelta a tópicos establecidos sobre la muerte o el sexo, celebrando la perversidad como antídoto contra la banalidad diaria, con una libertad que en su opinión sólo proporciona el género del terror.

Jirones de fotograma

En Sitges le concedieron un galardón por su labor cinematográfica. Barker atisbó bien pronto las posibilidades del celuloide para trasladar al espectador los horrores metafísicos de su obra literaria. Ya durante su juventud rodó los perturbadores cortos  Salomé (1973) y The forbidden (1978), mudos y en blanco y negro. Su filmografía como director de largometrajes es corta, pero en las tres cintas que ha firmado hasta la fecha, siempre sobre la base de sus propios relatos, se encuentran presentes algunas de sus obsesiones más recurrentes. En Razas de noche (1990) jugó a subvertir los esquemas del cine de terror clásico, según los cuales el monstruo que amenaza el orden establecido debe ser eliminado para volver a la normalidad. Para Barker la monstruosidad no puede destruirse. Sólo cabe, en el mejor de los casos, asimilarla, porque proviene de lo más profundo de la propia naturaleza humana. Como en gran parte de su obra, el protagonista es un personaje desorientado que se enfrenta a lo extraordinario; un perdedor acosado por pesadillas pobladas por los monstruosos seres de la ciudad de Midian, que en realidad tratan de iluminarle: la verdadera depravación y bestialidad proviene de las filas de la misma raza humana.

Fox decidió eliminar el metraje más truculento a última hora, y vendió la película como si se tratase de un slasher más. No fue la única vez. A Barker se le ha despachado en cientos de ocasiones como un mero apóstol del gore. Él prefiere considerarse como un artista del exceso, a quien le gusta llevar personajes y situaciones más allá del límite de lo soportable. Y es que, en su opinión, conceptos como película autorizada para mayores de 13 años suponen una contradicción en los términos.

Hellraiser (1987) es, sin duda, su película más completa, y también la más perturbadora. En ella está bien patente su atracción por la imaginería del sadomasoquismo, pero también por las posibilidades de reconfiguración de la carne (en una onda no muy lejana a los parámetros del primer David Cronenberg), ambas plasmadas en el aspecto físico de los Cenobitas, habitantes de un mundo infernal dispuestos a brindar los mayores placeres (en forma de dolores innombrables) a quienes sean capaces de resolver el rompecabezas de la Caja de Lemarchand, puzle que es a su vez una puerta interdimensional. La fuerza de Hellraiser no sólo reside en la estética de Pinhead (líder de los Cenobitas en la película e icono del cine de terror) y sus acólitos, mutilados y perforados a conciencia por piercings, alfileres y demás artilugios de metal; asombra la desoladora ambigüedad moral que destila el guión y la fortaleza de los personajes femeninos, una respuesta a la naturaleza fálica y misógina de los slashers de la época. Mucho más desapercibida pasó El señor de las ilusiones (1995), en la que Barker quisó unir su fascinación por las tramas de cine negro con los tonos fantásticos que han ido invadiendo su obra literaria en detrimento del horror más puro. El británico, que es mejor narrador y creador de atmósferas que director, acabó desencantado tanto con el resultado final de la cinta (la distribuidora adelgazó el metraje) como con el rumbo que estaba tomando el género, cada vez más despojado de elementos sobrenaturales y entregado a los desfiles de miembros amputados de sagas como Hostel o Saw.

Los horrores futuros

Puede que Barker se tomara un descanso de las cámaras, pero su material literario se ha seguido llevando a celuloide sin descanso. Unas veces con mejor fortuna, como la primera entrega de Candyman (Bernard Rose, 1992) o la reciente El vagón de la muerte (Ryuhei Kitamura, 2008) pero en la mayoría de las ocasiones traicionado la letra y el espíritu de los originales. Su hastío con la deriva que ha tomado la saga Hellraiser (ocho películas, las últimas directas al mercado de vídeo doméstico) le ha devuelto las ganas de adaptar su obra a la gran pantalla en las condiciones que se merece. El remake de su obra cumbre, que contaba con su bendición, se encuentra en un peligroso punto muerto (el director Pascal Laugier se ha apeado del nuevo Hellraiser, como antes lo hicieron Alexandre Bustillo y Julien Maury). Para compensar el disgusto de sus seguidores, en 2011 llegará Tortured Souls: Animae Damnatae, una película basada en la pequeña novela que acompañaba a primera serie de figuras Tortured souls, diseñadas por el propio Barker y Todd McFarlane, y muy poco apta para estómagos sensibles. Al tiempo se esperan nuevas noticias de un guión para un thriller juvenil en el que un grupo de adolescentes despierta de su letargo al fantasma de Edgar Allan Poe.

El hombre-orquesta

Barker también se ha acercado en los últimos años a disciplinas como el cómic o los videojuegos, que considera formas de arte joven que aún admiten riesgos. Supervisó la de comics Razorline en el seno de la Marvel en 1993, con cuatro títulos que transcurrían en una dimensión alternativa, pero que acabaron cancelándose al poco tiempo, tras los graves problemas financieros que sufrió la editorial a principios de los 90. Mejor suerte han corrido sus incursiones en el campo de los videojuegos. Hace dos años se lanzó Clive Barcher´s Jericho, un título en primera persona, programado por el equipo español MercurySteam, cuyos escenarios sobrenaturales son marca de la casa y que conocerá secuela. Le precedió en 2001 Clive Barker´s Undying, un juego en el que él mismo  supervisó el argumento y puso voz a uno de los personajes. ¿Demasiado trabajo para una sola mente? Nah, “es complicado jugar a ser dios, pero alguien tiene que hacerlo”.

Publicado en lainformacion.com

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